En la República Democrática del Congo, un pupitre puede ser un acto de resistencia. Lo es en un país donde, según UNICEF, millones de niños han visto cerradas o destruidas sus escuelas por el conflicto. Y lo es el que se ha colocado en el centro Divino Maestro, en Kinshasa, un colegio que ya ha abierto sus puertas con Infantil y Primaria y que sueña con llegar a los 400 alumnos.
El promotor del proyecto es el padre Willy, un sacerdote congoleño del oeste del país, al frente de la Fundación ConAfrika. Habla de su tierra «desde dentro»: «Allí está mi familia, mi gente, mis recuerdos».
Durante años vio niños trabajando cuando deberían estar estudiando y madres que sacaban adelante a sus familias a pulso. En 2016 empezó con un pequeño grupo de congoleños la asociación OSPED. Ya en España nació OSDICEA, un puente con la sociedad española, y en 2023 todo ese camino se reunió bajo ConAfrika.
Su convicción es sencilla: «No podemos esperar a que alguien venga a resolver todos los problemas del Congo. Tenemos que empezar nosotros, con lo que tenemos».
Educar l cabeza, las manos y el corazón
Divino Maestro no quiere ser solo un colegio. Según el padre Willy, el niño que cruza la puerta debe encontrar educación, pero también seguridad, alimento, escucha y afecto. En una segunda etapa abrirá una planta de formación en oficios: corte y costura, informática, hostelería, construcción y electricidad. «Que la educación no termine en un diploma, sino que pueda convertirse en autonomía, trabajo digno y capacidad para sostener una familia».
Hay además un ingrediente poco habitual en un proyecto escolar: la salud mental. Muchos niños, mujeres y jóvenes congoleños han convivido con la violencia, los desplazamientos y las pérdidas. «No podemos pedir a una persona que aprenda si antes nadie le ha preguntado cómo está por dentro», explica el padre Willy.
Una escuela puede estar perfectamente pintada, añade, y aun así quien se sienta en el pupitre puede llevar dentro miedo, duelo o abandono.

El colegio Divino Maestro ya funciona con Infantil y Primaria, y aspira a llegar a los 400 alumnos.
Una prioridad: las niñas madres
El proyecto pone especial empeño en mujeres, adolescentes y, sobre todo, niñas madres, que en demasiados casos abandonan los estudios, quedan aisladas o dependen de otros. Allí se les dirá algo muy claro: «Tu vida no se ha terminado». Se les ofrecerá formación, acompañamiento psicológico, herramientas profesionales y una comunidad que no juzgue. Apoyar a la mujer, subraya el promotor, «no es un programa secundario de ConAfrika: es una de las columnas del proyecto».
Una escuela que no dependa siempre de la ayuda de fuera
El centro se sostiene con familias, donantes particulares, fundaciones, empresas y personas que organizan iniciativas solidarias. Las familias, con recursos muy limitados, pagan cuotas escolares, algo que el padre Willy defiende porque refuerza su implicación y evita una dependencia eterna del exterior.
Para quienes ni siquiera pueden con una cuota pequeña, la fundación prepara un programa amplio de apadrinamientos y becas de comedor, para que ningún alumno «tenga que elegir entre alimentarse y aprender».
ConAfrika quiere ser además un paraguas para otras iniciativas. Acompaña el orfanato del padre Fidèle, patrono de la fundación, y trabaja para conseguir apadrinamientos para 80 niños en Bukavu, una de las zonas más golpeadas por el conflicto en el este. De allí son los padres Isaac y Jean Claude, que conocen de cerca a esas familias.
La guerra, vista desde dos extremos del país
El Congo es inmenso, y la guerra no se vive igual en todas partes. El padre Willy lo explica con honestidad: Kinshasa no está en el frente, como sí lo están Kivu o Ituri. Pero advierte de que sería un error creer que lo que ocurre allí no afecta al resto del país: la guerra desplaza familias, rompe economías, encarece la vida y deja huérfanos.
En el este, afirma, la situación es terrible, con niños que han visto morir a familiares, mujeres que han sufrido violencia sexual y familias obligadas a abandonar su casa de un día para otro. «Después esas heridas viajan con las personas».
Quien las vive sin distancia es el padre Isaac, sacerdote del este del país, la parte en guerra y ocupada por los rebeldes.
Su descripción es directa «El día a día se ha vuelto providencial. Nadie está seguro del día siguiente. Nos acostamos, pero no sabemos si estaremos aquí mañana por la mañana». La violencia entra también en las aulas, porque algunos alumnos que deberían ir a la escuela mueren en los enfrentamientos.

La fundación quiere que ningún alumno tenga que elegir entre comer y estudiar.
Una fe que no es teórica
A ambos sacerdotes les impresiona cómo viven los cristianos esa dureza. «Una fe que no es teórica», dice el padre Willy: gente que lo ha perdido casi todo y aun así comparte, canta, reza y cuida al vecino. No romantiza el dolor: la fe no hace que la guerra duela menos, pero ayuda a no sentirse solo y a creer que la propia vida conserva su dignidad.
Y cuenta algo que le conmueve como sacerdote: en Europa se piensa que uno va a África a dar, y luego descubre que recibe hospitalidad, tiempo, alegría y sentido de comunidad.
El padre Isaac, desde el este, lo confirma desde donde más duele. Los cristianos, dice, viven su fe «más allá de todos estos problemas y dificultades», con confianza, fe y esperanza en Dios, y creen que algún día la situación podría cambiar. La Iglesia, añade, se implica mucho en su acompañamiento. Lo que más le llama la atención es su fe, su valentía y su coraje: «A pesar de la situación, las iglesias siguen estando llenas».
Un puente, no una limosna
Quizá lo más original de ConAfrika sea que no quiere hablar de ayuda, sino de conexión. El padre Willy sueña con colegios hermanados, con cartas, dibujos y videollamadas entre niños de Kinshasa y de España. Quiere que un niño español no vea África solo como pobreza o guerra, sino que conozca a otro niño «con nombre, con sueños, con sentido del humor».
Y, en la dirección contraria, que Europa no parezca un lugar perfecto, porque también aquí hay soledad y jóvenes buscando sentido. «Cuando conoces de verdad a una persona, deja de ser una cifra. Y cuando deja de ser una cifra, algo se mueve dentro de ti».
Su mensaje final no pide lástima: «Congo no necesita lástima. Necesita oportunidades, justicia, educación y compañeros de camino». En un país donde, como dice el padre Isaac, nadie sabe si estará aquí mañana, Divino Maestro apuesta por una pizarra, un plato de comida y alguien que crea en cada niño. Una vida cambiada, concluye el padre Willy, puede cambiar muchas otras.
















