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Regresé a la misión 25 años después (I): mi colegio franciscano para niños chinos

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El nuevo aeropuerto Jorge Chávez de Lima (Perú) es un hervidero de viajeros. Los escáneres para maletas son ahora de los más potentes del mundo, mientras el tradicional semáforo aleatorio, para controlar equipajes, ya no se usa. El país que en los años noventa celebraba con orgullo el millón de turistas hoy recibe a más de cuatro millones cada año.

Es invierno en el hemisferio sur, pero apenas se nota: la humedad envuelve el aire en una sensación bastante amable. Son las dos de la tarde cuando cruzo, por fin, después de un cuarto de siglo, la puerta de llegadas del aeropuerto de la capital peruana. Al otro lado, esperan vecinas, hermanos de comunidad, sacerdotes y numerosos amigos de la infancia.

Venticinco años después pisé de nuevo la tierra de misión que me vio nacer.

Venticinco años después pisé de nuevo la tierra de misión que me vio nacer.JC

Han pasado veinticinco años desde la última vez que pisé el lugar que me vio nacer, y donde, puedo decir, sin duda, que pasé los mejores años de mi vida. Desde el año 1990 hasta 2001 fui peruano de pleno derecho, como hijo de una de las primeras familias en misión del Camino Neocatecumenal enviadas a Perú por San Juan Pablo II en 1988.

Abrir los corazones

En un gesto casi instintivo, me agacho y beso el suelo, como hacía San Juan Pablo II cada vez que visitaba un país. La ocasión bien lo merece: para mí, es tierra sagrada de misión. Tras infinidad de abrazos, voy recordando con las amistades los varios años de infancia que me tocó vivir en este apreciado país.

Al día siguiente, el reencuentro con el Perú tiene una de sus paradas más señaladas: el Colegio Peruano Chino Juan XXIII, donde estudié. Fue fundado en el año 1962 por el franciscano italiano Orazio Ferruccio Ceol, tras pasar dos décadas en China.

En las aulas me encontré con la que había sido mi tutora. JC

En las aulas me encontré con la que había sido mi tutora. JC

Ferruccio aceptó la invitación del Papa Pío XII para trabajar con la comunidad china en Perú y entendió que la educación era la llave para abrir los corazones al Evangelio. Así nació este centro que, con el paso de las décadas, se convirtió en hogar para generaciones enteras de peruanos con orígenes chinos.

La misión como camino

Son las 11:15 de la mañana y en la sala de visitas nos recibe Adriano Tomasi, monseñor Pachi, obispo emérito de Lima, y alma del colegio. Junto a él está el padre Beppi, también franciscano, y Elena, otro pilar fundamental de esta institución.

Durante media hora evocamos nombres de compañeros y de profesores que ya no están. Uno de los primeros que sale a relucir es el afamado cómico peruano Ricardo Mendoza, compañero mío de pupitre, pero, también, el de Andrew, Giulia, Marita, Lutín, Lidia, Francesco… y el de tantos otros más.

«Nosotros no tenemos muchas vocaciones, pero vosotros, los hijos de las familias, habéis sido nuestras grandes vocaciones», dice con humildad y generosidad el obispo Pachi. Unos 315 hijos de familias en misión han estudiado en este colegio, comenta.

Nos despedimos de monseñor y recorremos el colegio y la capilla, con su pila y su sagrario chino, memoria viva de una comunidad que ha sabido integrar fe y cultura a la perfección. En ese momento, recuerdo al padre Ernesto Tang, miembro de este colegio y del Camino, que partió para China y murió poco después de ser ordenado –gran amigo durante aquellos años–.

También regresan a mi mente las escenas de Viernes Santo, cuando fui seleccionado para el lavatorio de pies que se hacía ante todo el colegio. Recuerdo las clases de religión con la Miss Verónica. Y, entonces, la gratitud hacia los valores que me trasmitió este querido colegio se multiplican en cada rincón.

En el obrador del Juan XXIII, de forma providencial, me encuentro con la que fue mi tutora en quinto de primaria: la miss María Victoria. Al verme, de lejos, a través de la ventana, deja el delantal y corre a abrazarme. No puede haber un momento más emotivo en la visita.

Entramos en algunas aulas y los niños nos saludan con un franciscano «paz y bien». En las paredes no faltan las Tau. Cada gesto confirma que, además de su modernidad e innovación, esta institución ha sembrado a lo largo de su historia numerosas vocaciones, amistades y recuerdos imborrables.

La visita a mi antiguo colegio va llegando a su fin y descubro que, 25 años después, sigue siendo un puente entre mundos, un lugar donde la fe se transmite en gestos sencillos y donde la memoria de quienes pasaron por sus aulas permanece todavía viva.

Para los hijos de familias en misión que estudiamos allí, visitar de nuevo el colegio chino ha sido volver a reencontrarse con una parte esencial de nuestra vida, pero, más importante todavía, ha permitido llevarnos la certeza de que la misión del cristiano nunca termina, porque no es un lugar, sino un camino.

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