Santiago de Compostela vivió este mes de agosto un acontecimiento singular: el padre Ricardo Bello Mato, sacerdote gallego nacido en Cances en 1926, cumplió 100 años de vida.
Con más de siete décadas de ministerio, el centenario presbítero compartió su visión del cielo y repasó los momentos más memorables de su vocación.
Morada para el Padre
«Es como una morada para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Un espacio lleno de la inmensidad de Dios, donde los hijos de Dios viven juntos, contemplando el maravilloso poder creador de Dios en el cosmos», expresó en una entrevista con la Arquidiócesis de Santiago de Compostela.
El padre Bello recordó con emoción el día de su ordenación diaconal, conferida por el cardenal Fernando Quiroga, y el de su primera misa en 1955 en la parroquia de Cances. «Me sentí indigno e incapaz. Fue una experiencia profundamente conmovedora», confesó. Aquella época estuvo marcada por grandes celebraciones y esperanzas en la Iglesia gallega.
Preguntado sobre si merece la pena ser sacerdote, respondió con sencillez: «Para mí, sí, y creo que también para algunos de los fieles a quienes apoyé y que luego me lo agradecieron».
Nacido en plena posguerra, su infancia estuvo atravesada por las secuelas de la Guerra Civil Española y la pérdida de su hermano mayor. En 1943 ingresó al seminario y, tras su ordenación, fue destinado a diversas parroquias.
Aunque soñó con viajar a América Latina, finalmente fue enviado a Ozón, cerca de Muxía, donde —según sus propias palabras— «el Espíritu Santo me tomó y nunca me soltó».
Durante décadas, Bello ejerció su ministerio en comunidades rurales y urbanas, acompañando a estudiantes universitarios, restaurando un monasterio y ofreciendo cursos, ejercicios espirituales y charlas.
En 1999 fue nombrado capellán de la Residencia Padre Rubinos y de las Hermanas de la Caridad, donde atendió a ancianos, pobres y enfermos.
El arzobispo de Santiago, Francisco José Prieto Fernández, lo visitó el pasado 12 de agosto para felicitarlo en su centenario. Hoy, el padre Bello dedica su tiempo a la oración, al acompañamiento espiritual y a la escritura, manteniendo viva la llama de su vocación.
A lo largo de su vida, el sacerdote reconoce haber cargado con muchas cruces, pero siempre con el esfuerzo de sobrellevarlas bien. Su testimonio es el de un hombre que, desde la humildad y la perseverancia, ha entregado un siglo de existencia a la Iglesia y a la fe.
El padre Ricardo Bello Mato es, en palabras de sus feligreses, un ejemplo de fidelidad sacerdotal y de esperanza cristiana. Su vida, marcada por la historia de España y por la misión pastoral, se ha convertido en un signo de que el sacerdocio, vivido con entrega, sigue siendo fuente de alegría y gratitud para la comunidad.
















