El olor. Es el primer recuerdo que tengo de la primera vez que fui a “la casita”. Te pegaba como una bofetada al abrir la puerta del albergue El Don de María cualquiera de aquellas noches de invierno del frío Madrid, en los aledaños de la catedral de La Almudena, y que los más asiduos llamaban “la casita de los pobres”.
El olor. Era el olor de un viejo caserón abarrotado por algunas de las miserias humanas más extremas de la ciudad; el olor de quienes llevaban días sin poder lavarse, de la ropa húmeda, del sudor, de la calle, de cuerpos castigados por el abandono y la enfermedad, de las heridas sin curar, en el cuerpo y en el alma. Había noches en las que aquel olor era difícilmente soportable, ciertamente nauseabundo. Sin embargo, pocas veces he tenido la sensación de estar tan dentro del Evangelio como allí.
El albergue tenía autorización, según recuerdo, para acoger a unos noventa pobres. El padre Enrique podía llegar a meter ciento ochenta. El doble. No es una manera de hablar. Recuerdo subir las escaleras hacia el primer piso y tener que esquivar literalmente los cuerpos de hombres que dormían sobre los peldaños porque ya no quedaba sitio donde acostarlos.
Aquello sobrepasaba los límites establecidos por el Ayuntamiento de Madrid y el padre Enrique lo sabía, pero tenía una respuesta que repetía con una convicción difícil de discutir cuando uno tenía delante al hombre que acababa de llamar a aquella puerta: él jamás iba a cerrársela a un pobre que pidiera cobijo. Cuando el Ayuntamiento dispusiera de albergues suficientes para que ninguno de aquellos hombres tuviera que dormir en la calle, decía, entonces él cumpliría escrupulosamente el aforo. Mientras hubiera un pobre al otro lado de su puerta y un rincón dentro donde pudiera resguardarse del frío, aquel pobre entraría. Y entraba, aunque tuviera que dormir en la escalera.
Los pobres consigo
Años después, se popularizó una frase del papa Francisco, cuando pidió a los sacerdotes que fueran “pastores con olor a oveja”. El padre Enrique no olía a oveja. El padre Enrique olía a pobre. No lo digo como una metáfora, como sí hacía el Papa Bergoglio y las ovejas. Estar con el padre Enrique, sentarse a su lado y hablar tranquilamente cualquier día del invierno, era recordar inevitablemente a qué dedicaba tantas noches. Aquel olor se había impregnado en él, en su ropa, en sus cosas, en su vida. El padre Enrique llevaba a sus pobres consigo. Literalmente. Quizá pocas imágenes expliquen mejor qué clase de sacerdote fue.
Cuando aquellos hombres entraban en el Don de María buscando un techo, calor y algo que llevarse al estómago, el padre Enrique hacía algo que entonces me sorprendía y que, con los años, he comprendido mucho mejor: no comenzaba dándoles ese vaso de colacao caliente y galletas tan necesario para estómagos fríos y vacíos. Comenzaba celebrando Misa. Alguna vez le pregunté por qué lo hacía así, por qué la Misa antes que la cena, y su respuesta era sencilla: “Lo mejor que puedo ofrecerles es la presencia viva de Cristo”.
He asistido a un buen número de misas a lo largo de mi vida, en cuatro continentes, y en diferentes ritos: maronita, coptocatólico, grecocatólico, antioqueno… Pues bien: No recuerdo ninguna como aquellas. Podía haber cerca de doscientas personas allí, entre las personas más pobres de Madrid, y llegaba el momento de la consagración. Entonces el padre Enrique tomaba la hostia entre sus manos y pronunciaba las palabras con una veneración que desde el primer día me impresionó. Después la elevaba lentamente y sostenía con amor, con veneración, con adoración, durante cerca de un minuto en alto a Dios vivo y presente entre nosotros. Hacía lo mismo con el cáliz. Se hacía un silencio sobrecogedor solo roto por las toses de los pobres enfermos o los ronquidos de los más cansados que no aguantaban despiertos.
A nosotros, aquello nos elevaba y, al mismo tiempo, nos hundía los pies en el barro. Nos introducía en el mismísimo Evangelio, pero no en el Evangelio leído cómodamente desde un atril, sino vivido desde el tuétano doliente de la necesidad de ser salvados. Lo veíamos, lo escuchábamos, casi podíamos tocarlo. También lo olíamos, porque el Evangelio, cuando deja de ser una bonita construcción intelectual y se convierte en carne, a veces huele mal. Así era con los pobres y leprosos de la Galilea de Cristo, y así debe de ser hoy.
Esto contrasta con las imágenes que he visto hace poco de algún sacerdote notable de la diócesis de Madrid elevando la hostia consagrada con una desenvoltura que me recordó más a un pescadero del barrio de La Latina que a un ministro de Cristo, mostrando la hostia como quien muestra un lenguado sobre el mostrador de una pescadería, al grito de ¡Oiga, oiga, pescado fresco, me lo quitan de las manos! Entonces me acuerdo del padre Enrique, de sus manos, de aquellos segundos interminables de adoración, de aquellos doscientos pobres, del silencio. Y del olor.
Ese olor volvió de alguna manera a mi memoria el pasado 17 de agosto. El padre Enrique González Gil había muerto el día anterior, tras una larga y dolorosa enfermedad, y una multitud de amigos, hijos espirituales y personas que habían sido bendecidas por su ministerio, acudimos a despedirlo en la capilla de la Casa de Ejercicios Cristo Rey.
Alrededor del altar había treinta sacerdotes concelebrando. La Misa la presidió uno de los sacerdotes que había sido dirigido espiritualmente por el padre Enrique y, si tuviera que escoger una sola palabra para resumir el espíritu de aquella celebración, sería una muy sencilla: gracias. Ese fue el tono de la homilía y ese era también el sentimiento que se respiraba entre las cerca de 300 personas que estábamos allí. No hubo reivindicación, no ajuste de cuentas, sino agradecimiento por todo el bien recibido a través de aquel sacerdote, en las buenas y en las malas.
Los últimos años de su vida no fueron fáciles, aunque para entenderlos conviene recordar primero quién había sido aquel sacerdote antes de que expedientes, denuncias y castigos terminaran ocupando casi todo el espacio.
Sacerdote de Cristo
Enrique González Gil fue ordenado sacerdote en Madrid en 1986. Fue Vicario parroquial de Santa Teresa de Jesús, de Tres Cantos; Director Espiritual del Seminario Conciliar; Profesor del Instituto Superior de Ciencias Religiosas; Confesor de la Catedral de La Almudena; Adscrito a Santa María la Real de La Almudena; Profesor No Estable del Instituto Superior de Ciencias Religiosas, de USED. Desde 1996 hasta su cierre, fue responsable de la «Casa de los Pobres».
Pero cualquiera que lo conociera verdaderamente sabe que enumerar cargos sirve de poco para explicar quién era este sacerdote de aspecto enclenque y semblante despistado. El padre Enrique era, ante todo, un hombre de profundísima oración, una espiritualidad que ya durante sus años de seminarista lo convirtió en alguien señalado y, en ocasiones, incómodo.
Recuerdo que me contó cómo entonces, en sus tiempos de director espiritual en el seminario, ayunaba los viernes y cómo llegaron a pedirle que no lo hiciera para evitar convertirse en una nota discordante dentro de la vida ordinaria del seminario. Pero también estaría bien colocar aquí una frase del fallecido Monseñor Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid que se confesaba con él, y que como digo, fue un padre para el padre Enrique: “Enrique es un caso admirable, pero nunca imitable”.
Años después, aquella espiritualidad tendría una consecuencia bastante más insólita. Resulta que la diócesis de Madrid nunca, jamás, en la Historia, había contado con un exorcista oficialmente designado y establecido. El ministerio de exorcista era como dicen en el argot canónico, ad casum, es decir, se nombraba a una persona para un caso concreto. El cardenal Rouco, viendo lo que todos con la mirada un poco espabilada estaba sucediendo en el mundo del siglo XXI con las terapias alternativas, todo lo que la New Age venía trayendo y sus terribles consecuencias, cuando no la proliferación de sectas y espiritismos insanos, decidió nombrar un exorcista oficial y estable para la diócesis de Madrid, en un movimiento que le honra, todo hay que decirlo.
El propio padre Enrique me contó cómo se produjo su nombramiento. El cardenal Antonio María Rouco Varela encargó a su entonces obispo auxiliar, monseñor Eugenio Romero Pose, que buscara candidatos para recuperar aquel ministerio. Se presentó una terna y de ella salió elegido Enrique González Gil.
Su primera reacción, según me contó, fue tan lógica como desconcertante: «Vale, ¿y esto cómo se hace?». La respuesta que recibió de don Eugenio, que siempre fue un padre espiritual para el neófito, fue como poco preocupante: «No sabemos».
Creo que este es el primer eslabón de una cadena de despropósitos en la que no todas las responsabilidades eran del padre Enrique. No lo enviaron a Roma a formarse, no le proporcionaron, según su relato, un periodo específico de preparación ni lo pusieron en contacto con algún exorcista experimentado que pudiera acompañarlo en sus primeros pasos. Tenía el ritual de exorcismos de la Iglesia, su formación sacerdotal, una vida de oración extraordinariamente intensa y poco más. De modo que Enrique terminó convirtiéndose en un exorcista autodidacta.
Es un detalle que conviene recordar, sobre todo porque muchos años después algunas de sus actuaciones serían examinadas con enorme exigencia, como debe ser. No se trata de justificar lo que pudiera haber hecho mal, sino de completar el cuadro: la misma diócesis que le confió uno de los ministerios más excepcionales y delicados que puede ejercer un sacerdote fue, según el relato que él mismo me hizo, incapaz de explicarle cómo debía ejercerlo. Lo dejaron aprender sobre la marcha en un momento, además, que había bastante confusión en torno al ministerio de exorcismo, ya que se acaba de publicar un nuevo ritual que, denunciaron los exorcistas expertos con el tiempo, no contenía las oraciones que debía contener.
El padre Enrique se agarró al viejo ritual, también permitido en ese momento, pero innovó en sus métodos, en su ánimo de aprender. Por ejemplo. En momentos en que el ritual hablaba de la luz de Cristo, y simbólicamente indicaba que se encendiese una vela, él empezó a usar velas de pilas, para más adelante pasar a cualquier elemento que, como una vela, emitiese luz: una linterna, un pequeño foco… “Lo importante —decía él— es la luz, no la fuente de la luz, y la oración del ritual”.
Los casos, además, no comenzaron a aparecer como uno podría imaginar después de haber visto demasiadas películas de terror. Muchas personas llegaban hasta el padre Enrique por el camino más ordinario y sacerdotal de todos: el confesionario. Porque antes que exorcista fue un extraordinario confesor y director espiritual. Esto es verdad. En su confesionario de la catedral de la Almudena podían formarse filas interminables. Había personas dispuestas a esperar una hora, incluso dos, para confesarse con él.
Andando a Tierra Santa
Obviando detalles que no es este el lugar de citarlos, cabe señalar que el padre Enrique había tenido, en realidad, la incómoda costumbre de destacar desde muy joven. Destacaba en el seminario cuando ayunaba los viernes. Destacaba cuando en Don de María metía a ciento ochenta pobres. Destacaba con esas kilométricas peregrinaciones que hacía, seguido cual Forrest Gump por decenas de personas, viviendo de la Providencia.
¿Saben ustedes que, él sí, fue andando desde Santiago de Compostela hasta Jerusalén? Fue con motivo del Jubileo del año 2000. Estuvo caminando cerca de 12 meses, sin coger nunca un avión, ni un barco. Las anécdotas que contaba acerca de aquel viaje son incontables. Algunas de poner los pelos de punta, por ejemplo, atravesando él solo el desierto de Siria. Cuando llegó a Jerusalén estaban esperándole allí tres personas: Don Antonio María Rouco-Varela, su obispo; don Juan Pedro Ortuño, secretario personal de don Antonio; y don Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid. Estos tres, obviamente, dormían en un hotel en Jerusalén, pero el padre Enrique, en su vida de peregrino mendicante, dormía en la calle. Don Antonio le pidió a su secretario que le metiera a la fuerza en su habitación del hotel para que no durmiera en la calle. En aquella ocasión, estos cuatro sacerdotes de Dios, celebraron juntos Misa en el Santo Sepulcro de Jerusalén, ofrecida como agradecimiento por los 2.000 años del redención y pidiendo la bendición de Dios y su protección para todos los sacerdotes y feligreses de la diócesis de Madrid.
Lejos de ocasiones excepcionales y yendo más a lo cotidiano, el padre destacaba cuando las personas esperaban durante horas para confesarse con él. Hay personas que tienen una especial habilidad para no pasar inadvertidas. El padre Enrique era una de ellas y eso agravó todo lo que sucedía a su alrededor.
Su faceta como exorcista, en cualquier caso, no la conozco porque él me la contara. Estuve presente junto al padre Enrique en cerca de sesenta exorcismos durante unos dos años. Si alguien espera en este relato escenas de cabezas dadas la vuelta o situaciones de película de terror, no es este el lugar, no soy de esos que buscan hacerse notar desde el morbo. Entre otras cosas, porque, después de haber compartido con él tantas horas en situaciones que difícilmente se olvidan, lo que permanece en mi memoria no tiene demasiado que ver con esa imagen cinematográfica que tanto fascina.
Lo que más me impresionaba de Enrique era precisamente lo contrario: su absoluta falta de fascinación por el mal y sus artificios. Su confianza en Cristo Eucaristía. Nunca vi en él curiosidad por lo extraordinario ni gusto por el espectáculo. Lo vi rezar, esperar, insistir, guardar silencio y mantener una serenidad sorprendente cuando las circunstancias se complicaban.
Después de tantos exorcismos, lo que más recuerdo no es al demonio. Recuerdo la fe del padre Enrique. La misma veneración que había contemplado tantas veces cuando levantaba la hostia consagrada ante aquellos pobres de Don de María aparecía después en aquella capilla cuando tomaba un crucifijo, abría el ritual y comenzaba a rezar. Nunca estuvo fascinado por el mal. Estaba fascinado por Dios. Eso, y el poder de la Eucaristía. Precisamente ahí comienza la parte más difícil de contar.
Sin rencores
Escribir sobre Enrique González Gil después de su muerte exige resistirse a dos tentaciones igualmente incómodas. Hubo denuncias y hubo actuaciones y comportamientos suyos difíciles de explicar y, en algunos casos, que fuera de contexto son inexplicables. Fuera de contexto, insisto. Aquí repito de nuevo la cita de Monseñor Romero Pose: “Enrique es un caso admirable, pero nunca imitable”.
Yo lo hablé con él y él tenia sus explicaciones. Eso hay que decirlo porque omitirlo convertiría cualquier semblanza en una caricatura. Pero también debo decir lo que yo conocí personalmente. Si se equivocó, estoy convencido de que actuó desde una voluntad de ayudar, siempre.
Ahora sí voy a contar algo: yo vi con mis propios ojos como “algo” se movía dentro del cuerpo de personas, huyendo de las manos del sacerdote en oración, algo vivo, y voluminoso, como una culebra buscando refugio que reptaba por debajo de la piel, lejos de la acción de la oración; como ese octavo pasajero de la película Alien que nos quitó el aliento en los años 80. Esto no disminuye el sufrimiento que alguien pudiera haber padecido, pero tampoco convierte automáticamente en perverso al hombre que fue puesto ahí, a los pies de los caballos, sin formación ni guía adecuadas. Lo más difícil en el desarrollo de una profesión es la toma de decisiones en situaciones de tensión, y un exorcismo lo es. Juzgarle desde nuestro pensamiento, con criterios diferentes al contexto, es injusto y, seguramente, equivocado.
Los procesos que marcaron sus últimos años dejaron, además, demasiadas sombras, demasiados grises y demasiadas preguntas sin responder. Mientras Roma no encontraba culpa en las denuncias de abuso, Madrid lo castigaba por falso misticismo, entrando en un plano de cierta esquizofrenia del que, algún día, alguien tendrá que dar explicaciones, aquí o en el Cielo, ni lo sé ni me importa. No pretendo resolver aquí esos procesos, ni absolver aquello que no me corresponde absolver, ni condenar aquello que tampoco me corresponde condenar.
Sí reivindico algo mucho más elemental: Transparencia, comunicación, responsabilidad. Valores fundamentales para el hombre del siglo XXI.
Antes de todo aquello estuvo el Don de María. Estuvieron los pobres, incontables horas de confesionario y dirección espiritual, sacerdotes a los que acompañó, personas desesperadas que encontraron abierta su puerta y aquellas noches de invierno en las que el Ayuntamiento permitía noventa y Enrique metía ciento ochenta porque era incapaz de decirle al número noventa y uno que volviera a la calle. Todo eso fue Enrique González Gil.
Estaban, finalmente, las personas que el pasado 17 de agosto llenaron aquella capilla y los treinta sacerdotes que quisieron concelebrar su funeral mientras quienes institucionalmente habían sido sus pastores durante tantos años, optaron por no estar.
El padre Enrique sabía que iba a morir y dejó escrita una carta de despedida. En esa carta pidió perdón a todas aquellas personas a las que pudiera haber ofendido o hecho daño. Quedémonos todos con eso, por favor. No buscó excusas ni trasladó responsabilidades. Pidió perdón: “En Cristo, pido perdón si a alguien ofendí o si dañé de cualquier modo sin intención alguna de mi parte”.
Pero escribió también algo que a mí me resulta todavía más revelador: en su corazón no había rencor: “De mí, en cambio, puedo deciros que no hay nada en mi corazón por lo que tenga que perdonar a nadie”. Murió con abundancia de bien: “En Cristo Jesús todos me han hecho bien y me han ayudado siempre a ir hacia Dios. Y a todos estoy profundamente agradecido”. A todos. A todos. A todos.
Yo no puedo hacer un balance definitivo de la vida sacerdotal de Enrique González Gil. No me corresponde. Sí puedo contar lo que vi y lo que viví.
Vi a un hombre abrir una puerta cuando ya no cabía nadie más; tuve que esquivar a pobres dormidos en sus escaleras; vi a cerca de doscientas personas guardar un silencio imposible mientras elevaba la hostia consagrada; lo vi confesar durante horas y acompañar a personas que buscaban desesperadamente ayuda; vi la serenidad con la que rezaba cuando las cosas se complicaban. Conocí el dolor de sus últimos años.
Por eso, cuando el pasado 17 de agosto contemplé aquella capilla llena, los treinta sacerdotes alrededor del altar, pensé en aquel viejo caserón de Madrid. Pensé en aquellas escaleras llenas de cuerpos, en la Misa antes de la cena, en la hostia elevada lentamente y en doscientos pobres de las calles de Madrid. Y recordé el olor.
Francisco pidió una vez sacerdotes con olor a oveja. Me parece una preciosa frase vacía de realidad, porque las palabras se las lleva el viento. Pero el olor, el olor a pobre, no se lo lleva ni un huracán. El padre Enrique González Gil no olía a oveja. Olía a pobre.
















