Jesús Sánchez Adalid señala lo único que de verdad importa al final de la vida: «Todo lo demás se desvanece»

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¿Qué puede decirse con honestidad sobre quienes han estado al borde de la muerte y aseguran haber visto una luz, sentido una paz desconocida o revisado su propia vida? Jesús Sánchez Adalid aborda esa pregunta en Buscando la luz. Experiencias cercanas a la muerte y nostalgia de la eternidad (Sal Terrae), nacido de años de escucha pastoral, lectura e investigación. El autor —sacerdote, novelista histórico y productor del documental homónimo— rehúye tanto el sensacionalismo como las certezas precipitadas: las ECM (experiencias cercanas a la muerte) no fundamentan ni demuestran la fe cristiana, cuya esperanza descansa en Jesucristo resucitado, pero pueden devolvernos a las preguntas decisivas sobre la conciencia, el amor, el perdón y el destino humano. «La gran búsqueda no ha de ser averiguar obsesivamente qué encontraremos cuando muramos —afirma—, sino qué hacemos con la vida mientras estamos vivos».

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El próximo jueves 8 de octubre a las 20:00 h, la Parroquia de San Manuel y San Benito (Calle Alcalá, 83, Madrid) acogerá la presentación del libro Buscando la luz. Experiencias cercanas a la muerte y nostalgia de la eternidad, publicado por la editorial Sal Terrae.

A partir de los impactantes testimonios escuchados a lo largo de sus años de ministerio sacerdotal, el autor emprende una búsqueda y reflexión que abarca la medicina, la filosofía, las antiguas tradiciones culturales y la esperanza cristiana. Más que ofrecer respuestas categóricas sobre el más allá, la obra invita a examinar la vida presente: el valor del tiempo que tenemos, la reconciliación y la capacidad de amar que aún nos queda por dar.

Su autor, Jesús Sánchez Adalid, es un reconocido escritor y sacerdote católico licenciado en Derecho, con una sólida trayectoria en Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Además de ejercer su labor pastoral como canónigo de la Concatedral de Mérida, es académico de número de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura, profesor de Ética y un destacado divulgador cultural y espiritual.

Jesús Sánchez Adalid, sacerdote y escritor, publica

Jesús Sánchez Adalid, sacerdote y escritor, publica «»Buscando la luz» en Sal Terrae.

—Usted ha pasado de recrear grandes travesías de la historia a investigar el umbral más íntimo y universal de toda biografía: la muerte. ¿Cuál fue la pregunta personal —o quizá el encuentro decisivo— que le condujo a escribir «Buscando la luz» y a convertirla también en un documental?

—No hubo un único momento de revelación, sino una sucesión de encuentros. Durante muchos años, como sacerdote, he escuchado a personas en circunstancias muy distintas. Algunas habían estado muy cerca de la muerte y, en la intimidad de una conversación, se atrevían a contarme algo que casi nunca habían contado a nadie. Lo hacían con mucho pudor y, a veces, con miedo a que las considerasen desequilibradas. Hablaban de haberse visto fuera de su cuerpo, de una luz extraordinaria, de familiares fallecidos, de una paz difícil de expresar con palabras… Pero lo que más me impresionaba de estas conversaciones era comprobar que personas que no se conocían entre sí utilizaban imágenes sorprendentemente parecidas.

Uno de esos encuentros está en el origen del libro: una mujer que había estado gravemente enferma vino a verme después de vivir una experiencia de este tipo. Más que convencerme de nada, necesitaba ser escuchada. Y aquella conversación me dejó una pregunta: ¿qué es esto?, ¿qué les ha sucedido a estas personas? Esa pregunta fue creciendo dentro de mí.

Además, había algo que me desconcertaba. El fenómeno estaba siendo estudiado por médicos, psiquiatras, neurólogos y psicólogos y, sin embargo, apenas encontraba una reflexión equivalente dentro de la teología católica. Me parecía extraño, porque el cristianismo tiene en su mismo centro la muerte y la Resurrección de Jesucristo.

Así nació Buscando la luz. El libro surge de una pregunta. Yo no he tenido una experiencia cercana a la muerte y no puedo hablar como testigo. Soy alguien que escucha, lee, pregunta y trata de discernir. El libro y el documental nacen precisamente de ahí: del deseo de emprender una búsqueda y de invitar al lector y al espectador a realizarla conmigo.

—»Buscando la luz»» reúne testimonios de experiencias cercanas a la muerte, investigación médica, filosofía, historia de las religiones y esperanza cristiana. ¿Qué le ha enseñado ese cruce de lenguajes que no hubiera podido encontrar desde una sola disciplina, y qué pregunta permanece abierta después de tanta escucha?

—Me ha enseñado, ante todo, humildad. Cuando uno se acerca a las grandes preguntas —qué es la conciencia, qué significa morir, qué permanece de nosotros, si nuestra existencia tiene un sentido último— descubre muy pronto que ninguna disciplina posee por sí sola todas las respuestas.

La medicina puede estudiar qué ocurre en el cerebro y en el organismo durante determinadas situaciones críticas. La neurología puede formular hipótesis. La psicología puede estudiar la experiencia subjetiva. La filosofía lleva más de dos mil años preguntándose por la conciencia, el alma y la identidad personal. Las religiones conservan una inmensa memoria de la búsqueda humana de trascendencia. Y la teología cristiana contempla todo ello desde la Revelación y desde un acontecimiento absolutamente central para nosotros: la muerte y Resurrección de Jesucristo.

Lo verdaderamente apasionante comienza cuando permitimos que esos lenguajes dialoguen sin obligar a ninguno a decir lo que no puede decir.

Y después de cuanto he leído y escuchado permanece sobre todo una pregunta formidable: ¿qué es realmente la conciencia? ¿Es exclusivamente el resultado de la actividad cerebral o existe en ella una dimensión que todavía no comprendemos? No hay certezas. Esa pregunta continúa abierta. Y creo que debemos tener la honradez de dejarla abierta.

Tal vez uno de los males de nuestro tiempo sea nuestra dificultad para convivir con el misterio. Queremos respuestas inmediatas para todo. Pero hay preguntas que exigen permanecer delante de ellas durante mucho tiempo. A veces buscar sinceramente la verdad es más fecundo que apresurarse a poseerla.

No se trata de cerrar el misterio, sino de escucharlo con rigor y humildad.

—Las experiencias cercanas a la muerte se sitúan en una zona especialmente vulnerable a dos simplificaciones: convertirlas en una demostración inmediata del más allá o reducirlas, sin más examen, a un epifenómeno cerebral. ¿Qué criterio de rigor ha guiado su investigación para tomar en serio los testimonios sin violentar los límites de lo que la ciencia puede afirmar?

—Precisamente he intentado evitar esos dos extremos. Así que su pregunta es muy pertinente.

No creo que podamos presentar una experiencia cercana a la muerte como una demostración científica de la existencia del más allá. Sería dar un salto que los propios datos no permiten. Pero tampoco me parece intelectualmente riguroso proceder en sentido contrario y decidir de antemano que todo tiene que reducirse necesariamente a una alucinación o a un fenómeno cerebral.

Mi criterio ha sido escuchar primero. Escuchar a quienes han vivido estas experiencias, escuchar a los médicos, leer las distintas interpretaciones y no ocultar las objeciones. Me interesaron especialmente los elementos que aparecen de manera recurrente: la separación del cuerpo, la percepción de una luz, la ausencia de miedo, los encuentros con personas fallecidas, la revisión de la propia vida y, sobre todo, la transformación posterior de quienes regresan. El libro selecciona los testimonios precisamente atendiendo a su diversidad, detalle, carácter transformador y presencia de elementos comunes.

No se trata, por tanto, de decir: «Esto demuestra que existe el cielo». Pero tampoco: «Como todavía no sabemos explicarlo, no merece ser escuchado». Entre la credulidad y el prejuicio existe un territorio mucho más interesante: el de la investigación honesta.

Como sacerdote añadiría algo más. Mi fe en la vida eterna no depende de las ECM. Se fundamenta en Jesucristo muerto y resucitado. Si mañana la ciencia consiguiera explicar satisfactoriamente determinados aspectos de estas experiencias, mi fe no cambiaría. Pero precisamente porque no necesito utilizarlas como demostración de nada, puedo acercarme a ellas con libertad, escuchar lo que plantean y preguntarme qué nos están diciendo sobre la conciencia, la persona humana y nuestra manera de vivir.

Las experiencias cercanas a la muerte abren interrogantes que reclaman escucha, discernimiento y rigor.

Las experiencias cercanas a la muerte abren interrogantes que reclaman escucha, discernimiento y rigor.

—Quienes vuelven de una experiencia límite suelen repetir imágenes —la luz, la paz, el amor, una revisión de la propia vida—, pero también insisten en que lo vivido desborda el lenguaje. Como novelista y como atento oyente de esas voces, ¿dónde ha percibido la mayor verdad de sus relatos: en lo que alcanzan a describir o en la transformación con la que regresan?

—Cada vez me interesa más lo segundo.

Las descripciones son fascinantes, naturalmente. Como escritor, me impresionan esa luz que no deslumbra, los paisajes de una belleza imposible, la alteración del tiempo, el encuentro con seres queridos, la sensación de estar ante una realidad más real que esta… Pero todos esos elementos tropiezan con un problema inevitable: tienen que ser expresados mediante palabras humanas. Y las personas repiten continuamente: «No sé cómo explicarlo».

En cambio, hay algo que podemos observar aquí: cómo regresan.

Algunos pierden o disminuyen profundamente su miedo a la muerte. Otros modifican sus prioridades. Personas muy volcadas en el éxito, el dinero o la posición social descubren que aquello que consideran verdaderamente importante es el amor que han dado y recibido. En las revisiones de vida aparece con frecuencia algo que me ha impresionado muchísimo: no importa solamente lo que hiciste, sino el efecto que produjo en los demás.

El doctor José Morales del Río, por ejemplo, me contó que durante su experiencia contempló episodios de su propia vida y llegó a experimentar el dolor que determinadas palabras suyas habían provocado en otras personas. Cuando regresó sintió la necesidad de vivir de otra manera, de reparar, de mejorar, de amar más conscientemente…

Ahí encuentro uno de los aspectos más poderosos de estos testimonios. Quizá no podamos verificar el paisaje que alguien asegura haber contemplado, pero sí podemos encontrarnos con la persona que regresó. Y cuando una experiencia produce durante años una transformación profunda hacia el amor, el perdón, el servicio y una valoración más intensa de la vida, ese fruto humano merece, al menos, nuestra atención.

Sánchez Adalid ha reunido escucha pastoral, lectura e investigación en una búsqueda que parte de la vida concreta.

Sánchez Adalid ha reunido escucha pastoral, lectura e investigación en una búsqueda que parte de la vida concreta.

El fruto más elocuente no es lo que describen, sino cómo regresan a la vida.

—El documental recorre Extremadura, desde lugares cargados de memoria —de los signos funerarios prehistóricos a la biblioteca de Ramón y Cajal—, para preguntar qué somos y qué queda de nosotros. ¿Por qué quiso que esa tierra fuese parte activa del relato, y qué diálogo establece entre sus paisajes, la memoria de los muertos y la búsqueda contemporánea de sentido?

—Porque Extremadura no es solamente el escenario del documental. De alguna manera, es también un personaje.

Esta tierra posee una relación muy intensa con el tiempo, con la memoria, con el paisaje y con quienes nos precedieron. Basta entrar en uno de nuestros grandes sepulcros megalíticos para comprenderlo. Hace miles de años, hombres y mujeres que no sabían escribir y de los que desconocemos casi todo orientaron enormes construcciones funerarias hacia la luz. Esperaban determinados momentos del año para que el sol penetrase por un corredor oscuro e iluminase el lugar de los muertos.

Esa imagen es muy poderosa. Me parece que no debe considerarse como algo que solo pertenece a la arqueología. Nos interpela. Miles de años después seguimos preguntándonos lo mismo: qué sucede al final del camino, qué queda de nosotros, si la oscuridad es definitiva o si detrás de ella existe alguna luz. Por eso me interesaba que el paisaje no fuese un decorado, sino que formulase preguntas. Las piedras, los sepulcros, las basílicas, las bibliotecas, los caminos y los horizontes contienen memoria. En el libro describo esos monumentos como una especie de «calendario de piedra y luz», lugares en los que los vivos y los muertos quedan simbólicamente unidos por el regreso de la claridad.

Además, esta es mi tierra. Aquí he vivido, aquí ejerzo mi ministerio, aquí he escuchado muchas de las historias que están en el origen de esta búsqueda. Me parecía artificioso emprender un viaje hacia las grandes preguntas de la humanidad olvidándome del lugar desde el que yo mismo las estoy formulando.

En el fondo, el documental hace algo muy sencillo: recorrer lugares concretos para plantear preguntas universales.

El autor, durante el rodaje en un sepulcro megalítico extremeño: el paisaje y la memoria como puertas a preguntas universales.

El autor, durante el rodaje en un sepulcro megalítico extremeño: el paisaje y la memoria como puertas a preguntas universales.

—La fe cristiana no promete solo que algo de nosotros sobreviva, sino la resurrección de la persona entera y la comunión definitiva con Dios. ¿Cómo pueden las ECM despertar o purificar la pregunta por la eternidad sin confundir una vivencia humana, por intensa que sea, con el contenido pleno de la esperanza cristiana?

—Esta distinción para mí es fundamental.

La esperanza cristiana no se puede fundamentar en una experiencia cercana a la muerte, por intensa y fascinante que haya sido. Es en Jesucristo en quien radica el fundamento de toda esperanza. Nosotros no creemos simplemente en una vaga supervivencia de la conciencia ni en una energía que continúa existiendo. Confesamos: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». Es decir, esperamos la plenitud de la persona en Dios.

Por eso una ECM, por extraordinaria que sea, nunca puede situarse en el mismo plano que la Revelación. No añade un nuevo artículo al Credo ni nos proporciona una cartografía del más allá.

Entonces, ¿qué valor puede tener? Sin duda, el gran valor de despertar la pregunta. Nos llama a plantearnos de nuevo por qué creer en la vida eterna.

Vivimos en una sociedad que ha ocultado extraordinariamente la muerte. Morimos, pero procuramos vivir como si no fuéramos a morir nunca. Las ECM irrumpen en esa tranquilidad aparente y nos obligan a preguntar de nuevo: ¿y si la muerte no fuera simplemente la aniquilación? ¿Qué es la persona? ¿Qué significa amar? ¿Tiene nuestra vida una dimensión eterna?

Ahí puede producirse un diálogo fecundo con la esperanza cristiana. No porque las ECM demuestren de alguna manera las verdades del Evangelio, sino porque pueden devolver al hombre contemporáneo a preguntas que el Evangelio lleva dos mil años planteando.

San Pablo lo expresó de una manera que he sentido muy cercana durante toda la escritura del libro Buscando la luz: «Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara». Me parece una actitud preciosa también ante este fenómeno. Ahora vemos fragmentos, intuiciones, testimonios, preguntas… El cristiano no necesita rellenar precipitadamente lo que desconoce, porque su esperanza última descansa en alguien: Jesucristo, el único Rey, el único Señor.

Para Sánchez Adalid, las ECM despiertan preguntas; la esperanza cristiana tiene su fundamento en Cristo resucitado.

—Después de escuchar a quienes aseguran haber atravesado la oscuridad y encontrado una luz, de dialogar con médicos y pensadores, y de llevar esa búsqueda al libro y a la pantalla, ¿qué ha cambiado en su modo de vivir el presente: qué urgencias, qué miedos o qué certezas ha recolocado en usted la proximidad de la muerte?

—Probablemente esta sea la pregunta más difícil, porque me obliga a abandonar los libros y hablar de mí mismo.

Y le respondo con absoluta seguridad: sí, algo ha cambiado… ¡o mucho!

No puedo decir que haya perdido completamente el miedo a la muerte. Sería presuntuoso. Soy humano y siento apego a la vida, a las personas que quiero, a mis proyectos, a tantas cosas hermosas que todavía deseo hacer… Pero, después de esta búsqueda, percibo la muerte de otra manera. La siento menos como una pared y más como un umbral.

Y, paradójicamente, pensar en la muerte me ha hecho valorar mucho más la vida.

Me preocupa menos aquello que antes podía parecerme urgentísimo y que, mirado desde cierta distancia, resulta insignificante. Me importan más las personas. Me importa escuchar. Me importa no aplazar un abrazo, una conversación, una reconciliación, una palabra de gratitud… Me inquieta pensar en todas las ocasiones en las que, por prisas, cansancio o estar ocupado en cosas aparentemente importantes, no he estado suficientemente disponible para alguien que me necesitaba. Esa conciencia aparece también en el origen del libro.

Y, finalmente, ha crecido en mí una convicción: al final, lo verdaderamente serio es el amor.

Por eso mismo me impresionó tanto la pregunta que aparece en una de las experiencias más apasionantes del libro: la del soldado George Ritchie. Esa pregunta se la hace Jesús: «¿Qué has hecho con tu vida?». Cuando uno se la toma en serio, comprende que no pregunta cuántos libros has escrito, qué reconocimiento has obtenido o cuántas cosas has conseguido. La pregunta termina siendo mucho más sencilla y mucho más exigente: cuánto has amado, cuánto bien has hecho, a quién has ayudado a vivir.

Y hay todavía otra consecuencia. He comprendido mejor el título del libro. Buscando la luz no habla únicamente de buscar una luz después de la muerte; nos llama a buscarla ahora, aquí. La gran búsqueda no ha de ser averiguar obsesivamente qué encontraremos cuando muramos. La verdadera cuestión es qué hacemos con la vida mientras estamos vivos.

He de decir que, después de todo este camino, sigo sin poder explicar qué ocurre exactamente en una experiencia cercana a la muerte y sigo teniendo mis propias preguntas. Pero hay algo de lo que estoy cada vez más convencido: la esperanza cristiana no nos invita a escapar de este mundo pensando en el siguiente. Nuestra fe en Jesús nos devuelve a este mundo con una responsabilidad mayor. Si en verdad esperamos la eternidad, entonces cada persona, cada encuentro, cada gesto de amor y cada instante de nuestra existencia adquieren un valor inmenso.

Buscar la luz ha de consistir precisamente en eso: aprender a reconocerla aquí, mientras caminamos hacia ella.

«Buscar la luz ha de consistir precisamente en eso: aprender a reconocerla aquí, mientras caminamos hacia ella»

«Buscar la luz ha de consistir precisamente en eso: aprender a reconocerla aquí, mientras caminamos hacia ella»

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Nota

Buscando la luz
Jesús Sánchez Adalid
Experiencias cercanas a la muerte y nostalgia de la eternidad

En este ensayo, publicado por Sal Terrae, el sacerdote y novelista reúne testimonios, investigación médica, filosofía, historia y tradición cristiana para acercarse al misterio de la muerte sin sensacionalismo. El libro no pretende demostrar científicamente el más allá, sino escuchar una pregunta decisiva sobre la conciencia, el amor, el sufrimiento y la esperanza.

Sal Terrae, colección Panorama · 336 páginas · ISBN: 978-84-293-3331-2.

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