Del trauma del «no» a las pantallas: el sacerdote que profetizó el «niño tirano» y enseñó a educarlo

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Ya no hay castigos, sino consecuencias. El maestro ya no enseña y educa, se somete al alumno y a sus padres. Los amigos ya no están en el parque, sino ante móviles de estaño, cobalto y plástico. El porno, a la orden del día, ya no es un pecado a combatir, sino una realidad global a descubrir para “conocerse a uno mismo” desde la infancia. Decir “no” genera traumas y atreverse a mencionar la virtud como fin de la educación evoca un pasado conductista a desterrar.

No son pocos los padres y maestros que asisten impotentes a esta distopía educativa devenida en realidad y se preguntan por modelos libres de toda contaminación ideológica o perversión. Durante los últimos años, grandes figuras del campo pedagógico y educativo han respondido a estos y otros muchos dilemas: L’Ecuyer, Luri, Enkvist… Pero atrás en el tiempo, casi en el olvido, quedaron otros profetas de su tiempo que también alertaron de la crisis presente antes siquiera de poder imaginar la propia existencia del primer teléfono móvil.

De entre todos ellos, el sacerdote parisino Gaston Courtois podría ser considerado uno de los referentes educativos.

Entre su amplia experiencia, destacan las más de 60 obras publicadas por Courtois, muchas de ellas dedicadas por entero a la educación, como es el caso de El arte de ser un líder (1945), La educación de la voluntad (1942) o Para tener éxito con los niños (1961).

Sobre todas ellas terminó por imponerse la que es considerada por muchos su obra estrella: El arte de educar a los niños de hoy. Con su primera edición fechada en 1951, no son pocos los que podrían dudar de la referencia a “los niños de hoy”. Especialmente si se tiene en cuenta que la primera generación de niños que habrían sido educados con sus consejos rondaría hoy los 75 años.

Conforme se redescubre un libro descatalogado por completo, quienes beben de sus páginas no parecen preguntarse si ha envejecido o no frente a novedosas corrientes pedagógicas de dudosa utilidad. Por el contrario, los lectores más jóvenes que lo rescatan desde lectores de “pdf” o librerías de viejo se preguntan por qué unas orientaciones tan básicas como las de Courtois no llegaron antes a sus vidas.

Aunque fue publicado hace más de 50 años, quienes redescubren

Aunque fue publicado hace más de 50 años, quienes redescubren «El arte de educar a los niños» encuentran en Courtois advertencias educativas más vigentes que nunca.Sociedad educación Atenas.

Se podría afirmar que el libro ofrece contenidos únicos en su totalidad y que al lector no le resultará sencillo descubrir en autores más contemporáneos. De entre todos ellos, seleccionamos algunas ideas que contrastan con los grandes postulados educativos actuales:

Un ambiente de afectos viriles, austero y fuerte

Una de las propuestas de Courtois que hoy sería más acusada de “políticamente incorrecta” es el llamado a que los padres sean padres y masculinos y a que las madres sean madres y femeninas. De esta primera afirmación se desprenden otras como la “necesidad de que el padre tenga una autoridad fuerte, tranquila e imperiosa” o que la madre, “principal educadora del corazón y la ternura” de los hijos, se abstenga de proporcionar “una educación entre algodones”.

Frente al exceso de uno y otro, Courtois reclama la importancia de que el niño perciba de sus padres un amor auténtico que, en ocasiones, debe llevar a “acostumbrar a los niños a reaccionar alegremente frente a las dificultades y a soportar las contrariedades sin manifestarlo”.

“Un estilo de vida algo austero conviene más que nunca a las generaciones de hoy. Los jóvenes a quienes nada ha faltado, y a quienes se ha querido evitar hasta las menores molestias, son incapaces de realizar un esfuerzo sostenido cuando llegan a la edad adulta”, explicaba.

El sacerdote francés Gaston Courtois dedicó gran parte de su vida a la formación de niños y jóvenes, experiencia que trasladó a decenas de libros sobre autoridad, voluntad y educación del carácter.

El sacerdote francés Gaston Courtois dedicó gran parte de su vida a la formación de niños y jóvenes, experiencia que trasladó a decenas de libros sobre autoridad, voluntad y educación del carácter.Service des archives des Fils de la Charité.

La autoridad, firme, estable y necesaria

En numerosas ocasiones, el autor expone que la mayoría de castigos o reprimendas que llevan a cabo los padres sobre los niños surgen más del defecto de los primeros que del error de los segundos. Faltas de paciencia, de autocontrol, de proporción… Sin embargo, en muchas ocasiones, la reprimenda no es una opción, es una obligación, como también la perseverancia en el propio castigo, si este es justo.

Y es que, según el sacerdote, “el secreto de la autoridad moral de los padres sobre sus hijos consiste en que sea firme y estable su serenidad”. Por eso, advierte a los padres de la decisión de castigar o de perdonar a sus hijos no puede surgir de impulsos o mera impaciencia. “Comenzáis por negarle una pequeña cosa y un momento después, cansados de sus llantos, se la concederéis ansiosos de terminar una escena que os excita los nervios”.

Cuando lo que se pide al niño es justo o debido, el sacerdote recomienda llevarlo hasta las últimas consecuencias: “Si el niño se resiste a vuestros mandatos hechos con bondad y dulzura, si se hace el sordo cuando, reuniendo toda vuestra energía, le habláis con firmeza y decisión, entonces usad los medios que juzguéis más eficaces sobre el espíritu del niño, pero, a toda costa, hacedle obedecer”.

Como expone en el capítulo “el arte de castigar”, no hay nada más nocivo y cruel para el niño que esa falsa sensibilidad que se inclina ante sus caprichos y faltas con el pretexto de que “no es más que un niño”. “Una sola y buena corrección puede producir la curación definitiva, allí donde la advertencia, reprensión o castigo ligero no haría más que cansar sin provecho”, explica.

Cuando castigar es “un arte”: 5 pilares

Otro de los aspectos más relevantes del libro es el sentido de cada actuación de los padres. Prosiguiendo con el castigo, remarca que siempre debe ser educador, y que para ello “debe ser siempre adaptado a la edad del niño, a su carácter, a su temperamento” y, entre otras, ser tranquilizador. “La mayor parte de las veces, la sanción será más eficaz si obliga al culpable a una pequeña cura de calma y reflexión”.

Entre los pilares de cómo castigar y cómo no hacerlo, destaca:

-No castigar nunca con aire de triunfalismo, como un arreglo de cuentas.

-Que el niño no perciba “que ha sido arrojado de la sociedad normal”.

-A veces hay que mirar para otro lado, pero una vez prohibido, no consentirlo nunca

-No imponer un castigo sin posibilidad de redención

-No levantar una sanción justa

Educar la adolescencia desde la niñez

Otro de los lamentos presentes en toda la obra es la de que en muchas familias se tiene miedo a pedir esfuerzos al niño bajo los pretextos más triviales. Miedo de contrariar al niño, de causarle disgusto, de hacerle enfadar… Es la educación al revés, comenta Courtois, “porque esos niños que no saben dominarse, ni renunciarse, ni molestarse por los demás, serán más tarde vencidos en la vida, si no es que se convierten en verdugos de aquellos que les enseñaron a ser tiranos”.

Por eso, el sacerdote alienta a que los padres no tengan inconveniente en pedir a los hijos cosas que puedan ser difíciles, remarcando al mismo tiempo la importancia de prevenirlos y animarlos.

Hasta tal punto es relevante desarrollar el espíritu de sacrificio en el niño, expone, que los hábitos morales se forman más fácilmente antes de la adolescencia que después. En este sentido, llega a decir que «la educación de un niño comienza veinte años antes de su nacimiento, con la educación de su madre».

Por eso, remarca la necesidad de educar a los niños “virilmente”. “Lo normal es que tengan, a veces, chichones, arañazos y pequeñas heridas sin importancia… Debe evitarse ese papel ridículo de padres demasiado sensibles, [que se lamentan] `ay, mi pobre hijo, cómo estás, es espantoso, sangras, qué desgracia…´”.

“Educar en la realidad”, medio siglo atrás

Medio siglo antes de que la escritora Catherine L`Ecuyer publicase el exitoso Educar en la realidad en torno a las nuevas tecnologías y la educación, el sacerdote ya comenzaba a analizar las películas de cine, con las circunstancias propias de su época, como un escenario similar al planteado por la investigadora canadiense con las tablets y pantallas

La advertencia a las familias respecto del cine y la realidad -y se trata de unas orientaciones realizadas hace más de 55 años- ya incidía en que el cine “posee un poder de hechizo excepcional”. Hasta el punto que, tratándose de los niños, ya había quienes lo definían como “el opio de la infancia”. La precaución del sacerdote no es radical y admite que, en el plano educativo, el cine “puede ser instrumento precioso de descanso e instrucción” siempre sea bien usado.

Sin embargo, advierte de unas amenazas fácilmente extrapolables a las pantallas de hoy en día, aunque las superen en mucho: al hecho de que la mayor parte de contenidos -entonces, “películas”- no son para niños, agrega las “descargas de verdaderos golpes de imágenes sobre jóvenes cerebros que se aturden”. Esta multiplicidad de imágenes conlleva otro riesgo, como es el de “superponer al mundo real el mundo ficticio, quitando [al niño] el sentido de la realidad a una edad en que precisamente necesita adquirirlo”.

Su conclusión no ofrece lugar a dudas: “Exceptuando las sesiones especialmente reservadas para niños y donde la elección de la película se determine por su carácter instructivo y tranquilizador, abusar del cine es contraindicado para los jóvenes”.

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