Cuando la adolescencia queda a la intemperie

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POR YANET GIRON

Cada vez que vemos a adolescentes en las calles hasta altas horas de la noche, sin una supervisión adulta evidente, surge una pregunta inevitable: ¿quién está pendiente de su bienestar? No se trata de juzgar a una generación, sino de reflexionar sobre una realidad que merece la atención de las familias y de toda la sociedad.

La adolescencia es una etapa de descubrimientos, cambios y decisiones para las que todavía se necesita orientación. Algunos jóvenes buscan experimentar nuevas libertades sin medir todos los riesgos que pueden enfrentar. La preocupación no debe centrarse en cómo visten, se maquillan o se peinan, sino en las condiciones en que se desenvuelven y en la protección que reciben.

La presencia de menores de edad en espacios públicos durante la noche, sin una supervisión clara, invita a preguntarnos qué estamos haciendo para acompañarlos. No toda salida representa un peligro, pero tampoco debemos ignorar las situaciones que puedan comprometer su seguridad. Prevenir exige observar, escuchar y actuar con responsabilidad, sin recurrir a prejuicios ni señalamientos.

La responsabilidad comienza en el hogar. Ser padres no consiste únicamente en garantizar alimento, ropa y educación; también implica conocer el entorno de los hijos, interesarse por sus amistades y establecer límites adecuados. Orientar no significa humillar ni imponer miedo, sino mantener una comunicación abierta que permita a los adolescentes expresar sus inquietudes y pedir ayuda cuando la necesiten.

Con frecuencia, la preocupación por los menores se hace más visible después de que ocurre una situación lamentable. Sin embargo, el acompañamiento y la prevención deben comenzar mucho antes. No podemos exigirles a los adolescentes que tomen decisiones maduras en todas las circunstancias si todavía necesitan orientación para reconocer riesgos y afrontar determinadas situaciones.

También es necesario recordar que los adultos tienen el deber de actuar con prudencia y respeto en su trato con menores de edad. La diferencia de edad y experiencia exige límites claros y un compromiso firme con su bienestar. La protección de la adolescencia no debe convertirse en un juicio sobre la apariencia o la reputación de los jóvenes, sino en una prioridad que se traduzca en acciones concretas.

Una sociedad que descuida a sus adolescentes pone en riesgo parte de su futuro. Necesitamos familias presentes, adultos responsables y comunidades dispuestas a orientar sin maltratar y corregir sin destruir la autoestima. Proteger a nuestros jóvenes comienza con la atención cotidiana, el diálogo y el ejemplo. Porque acompañar su crecimiento no es una tarea exclusiva del hogar, sino un compromiso que nos corresponde asumir como sociedad.

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