Hablar de Ceuta exige, antes que nada, evitar las simplificaciones. La realidad de esta ciudad no cabe en un eslogan ni puede explicarse desde una única perspectiva. Tampoco basta con aplicar, de manera automática, las categorías habituales con las que suele abordarse el fenómeno migratorio: acoger, proteger, promover e integrar. Son principios necesarios, pero no explican por sí solos lo que sucede en una ciudad como Ceuta, cuya condición fronteriza la sitúa en el centro de unas dinámicas políticas y geoestratégicas que, en determinados momentos, pueden convertir la presión migratoria en un instrumento de presión sobre España y sobre Europa.
Porque hay una realidad que tampoco deberíamos ocultar por miedo a resultar políticamente incorrectos: una entrada masiva y simultánea de decenas de miles de personas en un territorio español de las dimensiones de Ceuta no puede analizarse con las mismas categorías que una crisis migratoria convencional. Cuando una ciudad pequeña se ve sometida, en muy poco tiempo, a una presión extraordinaria sobre sus calles, sus servicios, sus recursos y sus fuerzas de seguridad, estamos ante algo que exige una mirada distinta.
Y más aún cuando esa presión se produce en un contexto en el que la frontera del otro lado deja, durante un periodo determinado, de contar con el control habitual de las fuerzas encargadas de ejercerlo.
La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿estamos únicamente ante un fenómeno migratorio o ante la utilización de la presión migratoria como instrumento de presión política?
No es una cuestión menor. La diferencia es sustancial.
Una cosa es que personas que buscan una vida mejor intenten entrar irregularmente en España. Es un fenómeno migratorio que los Estados deben gestionar con humanidad, legalidad y eficacia. Otra muy distinta es que una frontera exterior de la Unión Europea pueda quedar sometida, de manera repentina y extraordinaria, a una entrada masiva que desborde la capacidad de respuesta de una ciudad entera.
No se trata de criminalizar al migrante ni de atribuir a cada persona que cruza la frontera una intención política que probablemente no tiene. Al contrario. Precisamente porque muchas de esas personas actúan movidas por la desesperación, resulta todavía más grave que esa desesperación pueda ser utilizada por terceros como mecanismo de presión.
Ahí es donde aparece una palabra que no deberíamos tener miedo de pronunciar: instrumentalización.
Cuando una frontera se convierte en un instrumento de presión, el problema deja de ser exclusivamente migratorio. Entra en juego la seguridad, la soberanía y la integridad territorial. Ceuta no es un espacio indefinido ni una tierra de nadie. Es territorio español, forma parte de España y sus ciudadanos tienen el mismo derecho que cualquier otro español a que el Estado proteja sus fronteras, garantice su seguridad y preserve las condiciones necesarias para que la vida cotidiana pueda desarrollarse con normalidad.
La integridad territorial no es una abstracción. Tiene nombres y rostros. Es el vecino que abre cada mañana su negocio, el padre que lleva a sus hijos al colegio, el médico que acude a su hospital, el trabajador que cruza la ciudad para ganarse la vida. Es, en definitiva, una comunidad de ciudadanos que no puede convertirse en el precio de una disputa geopolítica.
Por eso tampoco sería razonable caer en el buenismo. La compasión no puede llevarnos a negar la realidad. Una ciudad pequeña como Ceuta no puede absorber indefinidamente entradas masivas que multipliquen en cuestión de horas su población, desborden sus recursos y alteren de manera extraordinaria la vida de sus habitantes.
Decirlo no significa ser menos cristiano. Significa asumir que la responsabilidad política también tiene una dimensión moral. El Estado tiene la obligación de proteger a quienes viven en su territorio y de garantizar sus fronteras. Y tiene, al mismo tiempo, el deber de tratar con dignidad a quienes llegan en condiciones de extrema vulnerabilidad.
Una cosa no debería excluir a la otra.
Pero detrás de toda esta discusión hay algo que nunca podemos perder de vista: personas concretas. Personas que sufren.
En el centro de esta realidad está el ciudadano ceutí. El vecino de una ciudad pequeña, fronteriza y especialmente vulnerable, que ve con preocupación cómo una entrada masiva puede desbordar sus recursos, alterar su vida cotidiana y poner a prueba la seguridad de su familia. Reclamar que las instituciones protejan a quienes viven en Ceuta no es insolidaridad ni falta de humanidad. Es defender el derecho de una comunidad a vivir en paz y dentro de un marco de seguridad y estabilidad.
Y, al mismo tiempo, está el migrante que llega movido por la desesperación, muchas veces engañado y utilizado por quienes convierten su necesidad en negocio o en instrumento de presión. Su dignidad merece ser respetada, pero su sufrimiento no puede ocultar la naturaleza extraordinaria de lo que ocurre cuando una frontera como la de Ceuta es sometida a una presión masiva.
No se trata de elegir entre el que llega y el que ya estaba. Se trata de no permitir que ninguno de los dos sea utilizado como peón.
El Evangelio no pide a nadie que cierre los ojos ante el sufrimiento del otro, pero tampoco pide que se ignore el sufrimiento de quien tiene al lado. La caridad cristiana no consiste en escoger entre unos y otros. Consiste en reconocer la dignidad de todos y, al mismo tiempo, reclamar que cada uno asuma sus responsabilidades.
Por eso se puede defender una frontera segura sin considerar enemigo al que intenta cruzarla. Se puede exigir una política migratoria ordenada sin olvidar que detrás de cada migrante hay una persona. Se puede denunciar la utilización política de los movimientos migratorios sin convertir esa denuncia en un rechazo hacia quienes sufren sus consecuencias.
Y también se puede defender la integridad territorial de España sin levantar un muro moral frente al que llega.
Hay, además, una dimensión de Ceuta que hace que todo esto sea todavía más delicado. La ciudad posee una realidad social y religiosa extraordinariamente singular. Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes forman parte desde hace generaciones de una misma comunidad. Comparten barrios, colegios, comercios, celebraciones, amistades y una vida cotidiana que, precisamente por ser cotidiana, a veces no valoramos suficientemente.
Esa convivencia es uno de los grandes patrimonios de Ceuta. No es una frase para los discursos oficiales ni una fotografía para los folletos turísticos. Es una realidad construida durante generaciones por personas que han aprendido a vivir juntas, respetando sus diferencias y compartiendo mucho más de lo que las separa.
Por eso cualquier situación que tense artificialmente la frontera termina afectando también a ese delicado equilibrio. Cuando una ciudad vive bajo una presión extraordinaria, cuando aumenta la sensación de inseguridad o cuando el enfrentamiento político se instala en la vida cotidiana, el daño no se limita a las cifras de entradas o a las estadísticas de los servicios de emergencia. También se resiente la confianza entre quienes comparten una misma ciudad.
Y la confianza, una vez perdida, cuesta mucho recuperarla.
Ceuta necesita que se entienda algo que desde la distancia quizá resulte difícil de comprender: no se encuentra ante una frontera cualquiera. Es una ciudad pequeña, densamente poblada y situada en un punto especialmente sensible. Lo que en otro territorio podría ser una crisis importante, en Ceuta puede convertirse en cuestión de horas en una situación de dimensiones extraordinarias.
Por eso Europa y España no pueden mirar a Ceuta únicamente cuando la frontera se desborda. La responsabilidad sobre las fronteras exteriores de la Unión Europea no puede descansar de manera desproporcionada sobre una ciudad de sus dimensiones. Ceuta necesita respaldo político, recursos suficientes y una respuesta que combine seguridad, cooperación internacional, control fronterizo y respeto escrupuloso a la dignidad humana.
Y necesita también que nadie confunda la solidaridad con la ingenuidad.
La ingenuidad consiste en pensar que basta con abrir los brazos para resolver un fenómeno que tiene causas económicas, sociales, políticas y geoestratégicas muy profundas. La indiferencia consiste en olvidar que detrás de cada migrante hay una persona. La irresponsabilidad consiste en no comprender que una frontera puede ser utilizada como instrumento de presión. Y la crueldad consistiría en utilizar esa realidad para alimentar el odio contra quienes llegan.
Ninguna de esas respuestas es suficiente.
La respuesta cristiana debe ser más exigente.
Hay que perseguir a quienes se lucran con la desesperación. Hay que impedir que las personas sean utilizadas como instrumentos de presión. Hay que proteger a los menores. Hay que atender a quienes llegan en condiciones de extrema vulnerabilidad. Hay que exigir a las instituciones que protejan a Ceuta y que no permitan que una ciudad de sus dimensiones soporte sola una responsabilidad que corresponde al conjunto de España y también a Europa.
Y hay que defender, sin complejos, la soberanía y la integridad territorial de España.
No como una bandera contra nadie, sino como una responsabilidad hacia quienes viven en Ceuta.
Defender Ceuta desde una perspectiva cristiana no significa levantar un muro frente al que sufre. Significa defender una ciudad sin perder de vista a las personas que llegan a ella. Significa comprender que el migrante no puede ser utilizado para desestabilizar una frontera, pero que tampoco el ciudadano ceutí puede convertirse en el precio que otros estén dispuestos a pagar por una estrategia política.
Ni uno ni otro deberían ser peones.
Ceuta necesita firmeza, pero necesita también humanidad. Necesita fronteras seguras, instituciones eficaces y una respuesta nacional y europea a la altura de las circunstancias. Necesita que el Estado ejerza con claridad sus responsabilidades sobre su territorio y que nadie pueda convertir la presión sobre la frontera en una herramienta para condicionar la voluntad política de España.
Pero necesita, sobre todo, conservar aquello que durante generaciones ha hecho de ella una ciudad singular: su capacidad para convivir.
En un tiempo en el que resulta demasiado fácil convertir al otro en una amenaza, Ceuta tiene una responsabilidad especial. No puede permitir que las tensiones de una frontera terminen rompiendo la convivencia que sus ciudadanos han construido durante tanto tiempo. Tampoco puede aceptar que su condición fronteriza sea utilizada para cuestionar su estabilidad, su seguridad o el ejercicio de la soberanía española.
Mirar Ceuta con ojos de Evangelio no significa elegir entre seguridad y compasión, ni entre soberanía y humanidad. Significa negarse a aceptar que haya que sacrificar una para defender la otra.
Significa mirar al migrante y recordar que su desesperación no puede convertirse en un arma.
Significa mirar al ceutí y reconocer que su derecho a vivir seguro, a proteger a su familia y a conservar la paz de su ciudad tampoco puede ser considerado secundario.
Y significa mirar a España y recordar que la defensa de su integridad territorial no es una cuestión partidista ni una consigna, sino una responsabilidad hacia quienes viven en cada una de sus partes.
Quizá esa sea la verdadera mirada cristiana: no mirar al otro desde la distancia, sino intentar comprender su sufrimiento sin dejar de reconocer el propio; defender al vulnerable sin abandonar al ciudadano; ejercer la autoridad sin caer en la crueldad; y proteger las fronteras sin olvidar nunca la dignidad de quienes las atraviesan.
Porque una frontera puede y debe ser segura. Un Estado puede y debe defender su territorio. Y una ciudad tiene derecho a reclamar que no se la deje sola ante una situación que desborda sus posibilidades.
Pero ninguna de esas realidades nos autoriza a olvidar que, a ambos lados de la frontera, hay personas.
Y ahí, precisamente ahí, comienza la mirada del Evangelio.















