El Evangelio: un manual para niños

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A veces me asalta la sospecha, mientras observo el ir y venir de los patinetes por la calle o limpio con excesivo esmero el polvo de mi escritorio, de que hemos entendido a Jesús de Nazaret con una solemnidad un tanto aparatosa. Se le imagina casi siempre con el ceño fruncido, dictando leyes desde lo alto de una montaña, como un maestro de escuela severo que disfruta suspendiendo a los muchachos más distraídos. Pero, si uno se fija bien -con esa mirada un poco lánguida del que no espera ya gran cosa de los honores del mundo-, el Evangelio no es, por decirlo de algún modo, un código de alta estrategia celestial. Es, más bien, un delicado manual de supervivencia para que este pobre y quebradizo corazón humano no se haga pedazos antes de tiempo.

Es puro cariño, de verdad. Una advertencia tierna, escrita con el tono de quien sabe que somos propensos a tropezar incluso con las alfombras más llanas.

Tomemos, por ejemplo, esas palabras que a primera vista tiemblan de una exigencia casi aterradora: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». ¡Qué aspereza!, diría el paseante apresurado. Pero el buen Jesús, que nos conoce como si nos hubiese creado o parido, solo está balbuceando un secreto de una melancolía bellísima: «Mira, hijo, yo te he dado a esos seres tan queridos, pero es una pena, ¿sabes?, porque un día morirán. No los idolatres, no construyas toda tu casa sobre su frágil respiración, porque cuando falten, tu desesperación será un abismo demasiado hondo. Protégete un poco. Déjame ese fondo a mí, que no me rompo, y ya lo visité». Y ciertamente será en sus hombros donde nos apoyaremos para no caer en el vacío de la desesperación.

Y luego está ese asombroso consejo de cortarse una mano o sacarse un ojo si nos hacen pecar. La teología severa se rasga las vestiduras, pero en el fondo, ¿no es acaso el grito alarmado de una madre que ve al niño acercarse demasiado a la lumbre? «¡Niño, no metas los dedos en el enchufe, que te vas a quedar frito!». Jesús sabe que somos curiosos y muy torpes, y que manosear según qué bajezas del mundo nos deja el alma tullida. Prefiere vernos avanzar por la vida un poco cojos o desmañados, pero con la alegría intacta, antes que enteros, elegantes y completamente secos, o fritos, por dentro.

Consideremos también el asunto de la famosa cruz: «Toma tu cruz y sígueme». Nos imaginamos enseguida un madero colosal, digno de un héroe de tragedia antigua. Pero la cruz de la que él habla suele ser de una madera bastante más modesta, casi invisible: nuestro propio carácter, nuestras ridículas manías, esos tres o cuatro fracasos cotidianos que cargamos en el bolsillo de la chaqueta, o este cuerpo que hoy ha decidido levantarse con un dolor extraño en la espalda. «Acéptate con paz tal como eres», parece susurrarnos al oído mientras caminamos por el parque. «Lleva tu pequeña torpeza con elegancia, no te rebeles contra tu propia sombra, camina conmigo así, un poco renqueante, que el paisaje sigue siendo hermoso». Y, naturalmente, aceptemos en paz las críticas, los desprecios y los insultos de los demás, si llega el caso, porque son una magnífica escuela de paciencia y de humildad y, con toda seguridad, los merecemos (no se hagan ahora los inocentes, como los niños con el «yo no he sido»).

Si deshojamos el texto sagrado con la paciencia de un copista que no tiene prisa por entregar el encargo, cada exigencia radical se revela como un bálsamo doméstico:

«No os preocupéis por el mañana»: No es una loa a la vagancia o a la irresponsabilidad, sino el consejo de un amigo que nos ve consumirnos ante el porvenir. Es un: «Por favor, no te mueras hoy por los fantasmas del jueves que viene; bastantes renglones hay que enderezar ya por la mañana como para andar escribiendo el futuro».

«Poner la otra mejilla»: Lejos de ser una humillación, es la suprema astucia para no perpetuar la fatiga de las disputas. Es decir: «Si respondes al golpe, entrarás en el ruidoso club de los hombres coléricos, y ¡da tanta pereza discutir! Déjalo ir, conserva tu calma interior, que el otro ya tiene bastante con su propia rabia». Olvida el punto de honra y la falta de generosidad de todos los corazones débiles. Olvida y sé magnánimo, si puedes; y si no puedes, tampoco pasa nada, no eres tan importante.

«Ser como niños»: Es la mayor de las delicadezas. Un ruego para que no nos tomemos tan en serio a nosotros mismos, para que recuperemos la capacidad de asombrarnos ante un botón dorado o una taza de café, y dejemos de pretender esa madurez seria, encantada de haberse conocido y acartonada, que solo conduce a la rigidez del espíritu y a la sordera de todo aquello que no sean halagos.

Al final, el Evangelio, leído con una pizca de timidez y un mucho de gratitud, resulta no ser un camino de perfección para gigantes, sino un cálido refugio para los que somos propensos a las caídas. Jesús no vino a fundar una academia de soldados perfectos -eso sería más de San Pablo, el terrible-, sino a entregarnos un pequeño y compasivo mapa para que el viaje, con todas sus inevitables estaciones de dolor, no nos resulte del todo insoportable.

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