En un salón parroquial de Antelias, al norte de Beirut (Líbano), cada lunes y cada martes se agolpan más de 3.000 personas para estudiar la Biblia.
Es el mismo país atravesado por la guerra en el que muchas familias desalojadas del sur esperan volver a sus casas y aldeas. En ese contexto de incertidumbre, muchos cristianos quieren profundizar en la Palabra de Dios.
Tres amigos —Jimmy Chaaya, Charbel El Hage y Majd Samia— empezaron con un pequeño grupo de estudio bíblico en el salón de su parroquia, sin más ambición que juntar a un puñado de vecinos a leer la Palabra.
Doce meses después, sin ningún medio material a su alcance, es la iniciativa de este tipo más grande de todo Oriente Medio. Así lo han contado en Aciprensa.
Cómo se llena una sala tres mil personas a la semana
En este formato la dinámica sigue un guión cuidado: comienzan con cuarenta minutos dedicados a explicar y profundizar en un pasaje concreto de la Escritura, seguidos de un cuarto de hora de reflexión espiritual en silencio.
Después, una parte que engancha a los más jóvenes: juegos y preguntas, no solo sobre la Biblia, también sobre curiosidades acerca de la fe como las apariciones marianas.
Lo hacen sin recibir nada a cambio, solo con el afán de evangelizar y transmitir la Palabra de Dios. Para esta actividad cuenta con la supervisión directa de sacerdotes y teólogos.
Jimmy Chaaya, uno de los fundadores, explica que procura variar de tema cada semana y que prepara cada pasaje junto a un ermitaño, en un proceso metódico, que se parece más a un trabajo académico que a una charla parroquial.
Cuenta que le gusta estudiar las palabras originales en griego, estudiar su significado y el contexto cultural en que fueron escritas.
También repasa las interpretaciones de los Padres de la Iglesia y consulta paralelos con los escritos judíos, así como documentos históricos para conocer el contexto de los libros bíblicos. Solo cuando ese material está cerrado, lo entrega a varios sacerdotes para que lo revisen y den su aprobación antes de que llegue a los participantes.
Por la demanda, tres sesiones a la semana
El crecimiento, de hecho, les ha ido obligando a improvisar en lo logístico. Empezaron con encuentros solo los lunes; la afluencia les hizo sumar una segunda cita los martes; ahora preparan ya una tercera sesión semanal, los miércoles, porque la demanda de gente interesada en recibir esta formación parece no tener fin.
Chaaya reconoce que el objetivo es expandirse más allá de Antelias, su sede actual, y Charbel El Hage, otro de los fundadores, añade que la meta a medio plazo es llevar el modelo a otros países de Oriente Medio, donde cree que existe la misma sed de Escritura esperando encontrar un espacio así.
Para sostener ese crecimiento, el equipo ya está formando a nuevos líderes capaces de replicar el formato en otras localidades del país, en lugar de limitarse a hacer más grande el grupo original.
Detrás de esa expansión hay también un respaldo institucional que no es menor: la iniciativa cuenta desde sus inicios con el apoyo explícito de la Arquidiócesis Maronita de Antelias, un paraguas eclesial que le ha dado, según El Hage, la solidez y el orden necesarios para crecer de manera ordenada. (Los maronitas son católicos siríacos unidos a Roma, de rito antioqueno y lengua árabe, numerosos en Líbano).
Una de las cosas más llamativas puede ser que su público no es exclusivamente católico, ni siquiera exclusivamente cristiano: a los encuentros de Antelias acuden también ortodoxos y protestantes, y se han sumado personas de otros contextos religiosos, musulmanes incluidos.
A raíz de estos encuentros, varios participantes de otras religiones o ateos se están preparando ya para recibir el bautismo. La iniciativa nació pensada para jóvenes, pero Majd Samia insiste en que no hay límite de edad estricto: «Todos necesitan a Jesús», resume.
Para él, la avalancha de gente semana tras semana no es solo un dato del que presumir, sino la prueba de que los jóvenes libaneses tienen sed real de escuchar la Palabra de Dios y de entenderla a fondo, no solo de repetirla.
Un país cercado por la guerra
Esta historia cobra mayor relevancia dado el contexto geopolítico y religioso de Líbano. Los cristianos libaneses —maronitas en su mayoría, entre el 30 y el 40% de la población— llevan dos décadas encajando golpes: la guerra de 2006 entre Israel y Hezbolá, el colapso económico que pulverizó los ahorros de media clase media, y ahora una nueva escalada bélica en el sur que ha vuelto a desplazar a decenas de miles de familias.
El patriarca maronita, cardenal Béchara Raï, lo resumió en 2025 con una frase tajante: “el Líbano se está vaciando de cristianos». En los pueblos de la frontera sur, los habitantes libaneses esperan en convoyes vigilados por soldados israelíes el permiso para entrar en sus propias casas —un precio que ya se ha cobrado vidas, como la del padre Pierre el-Raï, párroco maronita que murió por negarse a abandonar su aldea bajo fuego de artillería.

El Papa León XIV visitó el Líbano en 2025. Reunido frente a 15.000 jóvenes les recordó que eran el futuro de su país y que no se dejaran llevar por el desánimo de las guerras.
En su visita de finales de 2025 —la última hecha por un pontífice al país—, el Papa León XIV se reunió en la propia Bkerké, sede del patriarcado maronita, con más de 15.000 jóvenes venidos de todo el Líbano, incluidos muchos llegados desde Siria e Irak.
Allí les advirtió que quizá sientan haber heredado «un mundo desgarrado por guerras», pero les pidió no rendirse a esa herencia: «Ustedes tienen tiempo. Tienen más tiempo para soñar, organizar y realizar el bien. ¡Ustedes son el presente y en sus manos ya se está construyendo el futuro! (…) «Su patria, el Líbano, florecerá hermosa y vigorosa como el cedro», símbolo nacional que —recordó el propio Papa— saca su fuerza no de las ramas, sino de unas raíces extensas y fuertes.
















