Entró sin devoción en una iglesia… y la confesión-sorpresa chocó a su mujer y salvó a su padre

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No son octogenarios, como Jacques, los testimonios más frecuentes que ofrece la colección francesa de transformaciones en la fe Découvrir Dieu [Descubrir a Dios]. Y su conversión no es reciente, pues fue hace algunas décadas cuando sirvió para inducir la de su propio padre. Pero acaba de contarla.

Treinta bares

El protagonista de esta historia cumplió los 80 años a finales de 2025. Durante toda su vida trabajó como mecánico en garajes de reparación para vehículos, ya fuesen ajenos o propios. Eso sí, en este último caso su vestimenta de mono azul y las manos manchadas de grasa no le impedían tener que tratar bien a sus clientes, y solía hacerlo invitándoles a tomar algo en hasta «treinta bares» que -confiesa- rodeaban el establecimiento.

Y esto era un problema.

Confiesa que se veía obligado a consumir alguna bebida alcohólica por ese motivo y sin criterio para hacerlo, y eso afectaba incluso a sus relaciones femeninas.

Un periodo de su vida que no querría repetir, y dice con claridad por qué: «En el fondo, me sentía triste. Vivía con más libertad, pero con una especie de tristeza porque no era la vida que yo quería, no disfrutaba de una alegría interior».

El cambio que le ha conducido hasta su provecta edad viviendo como cristiano activo se produjo un invierno, a pocos días de Navidad.

Confesión imprevista

Pasaba por delante de una iglesia consagrada a San Luis, y tal nombre le evocó a su hermano mellizo Louis, («¡No creo en el azar! ¡Creo que aquello tenía un sentido!», confiesa). Así que decidió entrar para librarse un poco del frío que se palpaba en las calles.

Se sentó en la parte derecha del templo, ante una Cruz de Cristo configurada como un cable que colgaba del techo. Por primera vez pensó en una verdad muy asumida en el mundo cristiano al interpretar el Calvario: «¡Un Dios en una Cruz!«. Le pareció asombroso. Y empezó a plantearse cuestiones, sentado ante ese crucifijo durante más de media hora.

Fue entonces cuando reparó en que a la izquierda de donde se encontraba había un cartel en verde con un aviso: «Confesión«.

Jacques recononce que él no se había confesado desde que contrajo matrimonio. En aquel momento lo hizo a petición de su esposa y solo por complacerla.

Esta vez era distinto, porque él sí quería ahora. Tanto, que se acercó a un sacerdote al que vio en el templo para pedírselo. El cual respondió que no podía en ese momento y además debía decir misa, pero que si Jacques podía esperar dos horas y en ese periodo preparar la confesión, él lo haría encantado.

Miniatura del video

Así que Jacques esperó esas dos horas. Incluso vinieron a proponerle hacer la colecta durante la misa. Él se negó por temor a que, si le veía pasar la cesta alguien conocido -relata ahora con humor-, se hiciese una idea confusa sobre él.

Pasaron las dos horas, concluyó la misa y por fin pudo, a petición del confesor, sentarse para contar su vida:

-Padre -le dijo- va a ser muy simple, porque soy un vividor en todos los sentidos del término.

-Entendido -respondió el sacerdote.

¿Revelar lo sucedido esa misma noche?

Jacques no da detalles de lo que explicó, pero cuenta que acabó recibiendo la absolución: «Cuando salí de allí, ¡lloraba de alegría! Sentí una alegría que me invadió y lloraba, lloraba de alegría».

Cuando volvió a casa con retraso respecto a su horario habitual, su esposa le preguntó dónde había estado, pero él no se sintió capaz de reconocerlo en aquel momento.

Eso sí, a la mañana siguiente, nada más levantarse se preparó para salir y su mujer le preguntó:

-¿A dónde vas?

Voy a misa -respondió Jacques.

-Pero ¿estas enfermo? -inquirió la desconcertada cónyuge.

-No, no estoy enfermo, me voy a misa -insistió el cónyuge desconcertador, quien ahora se ríe abiertamente al contarlo.

«Y desde entonces siempre he regresado a misa», confiesa a Découvrir Dieu: «Es mi fe la que me ha ayudado, la que me mantiene ahí y hace que me sienta feliz con dicha fe. Es una alegría verdaderamente interior. Es una relación de amor».

Y recnoce que siente una sensación de «carencia» cuando se levanta y no puede ir a misa o ni siquiera rezar: «¡Siento una pérdida! ¡Una pérdida espiritual, una pérdida muy fuerte!»

Lo que pasó con su padre

Ante esa nueva situación insólita e inédita en la vida de ambos, su esposa se la transmitió al padre de Jacques, sorprendida: «¡Se pasa todo el tiempo en las iglesias!»

El anciano llamó a Jacques para pedirle explicaciones: «¡Hijo, estás siempre en la iglesia! ¡Tu mujer no te entiende!«. Él explicó  a su progenitor lo que le motivaba.

El último lustro que vivió su padre lo hizo ciego por un problema en la vista. Eso multiplicó los encuentros con Jacques, quien acudía no solo a charlar, sino a ayudarle en sus necesidades y a guiarle del brazo al pasear por la calle.

«¡Y al concluir su vida, me dijo unas palabras magníficas», evoca Jacques con dulzura ante lo que fue una conversión: «‘Jacques, he comprendido lo que tu vives. ¡Eres tú quien tiene razón!’ Y mi padre partió tras haber recibido los sacramentos de la Iglesia».

«¡Estoy seguro de que está en el lado bueno!», concluye refiriéndose al cielo.

Y remata orando:

  • «¡Gracias, Señor, por tu amor, por haberme amado como me amas, por haberme protegido! ¡Porque si no, habría muerto!».

Una conclusión esencial de sentido más espiritual que físico.

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