El 28 de agosto, el Gran Oriente de Francia (GODF) —la obediencia masónica más numerosa e influyente del país reeligió gran maestre a Guillaume Trichard con 31 votos de 36, convirtiéndolo en el primer gran maestre en 37 años que regresa al puesto tras haberlo ocupado ya entre 2023 y 2024.
Al día siguiente concedió una entrevista a Le Figaro donde afirmaba que las escuelas sin concierto no tenían cabida en Francia. Lo hacía apenas tres días después de un funeral que dejó a los católicos franceses con la misma pregunta en la boca: ¿de qué lado está la Iglesia en todo esto? El Catholic News Register ha recogido esta polémica.
Un funeral que ya había encendido la mecha
El 25 de agosto, el arzobispo de Dijon, Antoine Hérouard, presidió el funeral del senador François Patriat, de 83 años, fallecido tras un accidente de bicicleta. Patriat no era un masón discreto: llevaba décadas reconociéndose públicamente como tal, era aliado político de Macron desde 2017 y había defendido abiertamente la ley de eutanasia francesa, la misma que Le Figaro había bautizado en 2024 como «la última cruzada» de los masones. El propio Macron pronunció un elogio dentro del templo, al finalizar el funeral.
El contraste con Italia no pudo ser mayor: solo unas semanas antes, el cardenal Baldassare Reina había negado las exequias eclesiásticas al guitarrista Bruno Battisti D’Amario, identificado como masón de grado 33, y el obispo de Ventimiglia-San Remo había cancelado el funeral de un antiguo «venerable maestro» de una logia.
Ambos se ampararon en el canon que permite negar las exequias a «pecadores manifiestos» cuya sepultura pública cause escándalo entre los fieles, salvo señal de arrepentimiento antes de morir. La postura doctrinal de fondo no ha cambiado desde la bula In Eminenti de Clemente XII en 1738: una declaración de 1983 firmada por el entonces cardenal Ratzinger recordó que los principios masónicos son «siempre irreconciliables» con la doctrina católica y que el fiel que se afilia está en pecado grave.
El derecho canónico no obliga a investigar la conciencia privada del difunto, pero sí exige valorar el escándalo público —salvo que existan, sin confirmar, señales de reconciliación previa que sólo conociera la archidiócesis.
Fue justo en ese ambiente cuando Trichard aprovechó su reelección para pasar del debate que sobrevolaba el país sobre el funeral a la ofensiva directa contra la educación católica.
En el punto de mira están los colegios «hors-contrat», esos centros privados que no firman convenio con el Estado, conservan más libertad pedagógica y, aunque oficialmente aconfesionales en su mayoría, en la práctica tienen raíces católicas —muchos, además, ligados a comunidades de sensibilidad tradicional. Francia cuenta ya con 2.557 de estos colegios, una cifra que no deja de crecer desde 2017.
El nuevo gran maestre no se ha quedado solo en las declaraciones que hizo a Le Figaro. Anunció así mismo que los masones franceses publicarán en las próximas semanas un «libro blanco sobre la escuela de la República», con la vista puesta en las presidenciales de 2027, y adelantó que a comienzos de ese año la obediencia hará público un manifiesto más amplio con sus «esperanzas para Francia, Europa y el mundo», que espera ver reflejado en los programas de los candidatos franceses a la presidencia.
Todo ello movilizando, según reconoce el propio Gran Oriente, a 1.400 logias por todo el país: una salida a la luz pública que rompe con la discreción que la masonería ha cultivado históricamente y que no ha pasado desapercibida.
En la misma entrevista se atribuye el mérito de la ley que legalizó la eutanasia en Francia el pasado agosto, rastreando el origen de la norma hasta una proposición presentada en el Senado en los años setenta por Henri Caillavet —el mismo que años antes había sido ponente de la ley que despenalizó el aborto—. «La promulgación de la ley de eutanasia no salió de la nada. Miren hasta dónde hemos llegado».
Una historia desde antiguo
El Gran Oriente se atribuye pues un papel en la construcción de la Francia laica y de su sistema educativo desde la Tercera República. Ya en 1904, el tristemente célebre «Affaire des Fiches» destapó que las logias del Gran Oriente alimentaban en secreto al Ministerio de Guerra con información sobre qué oficiales iban a misa y qué educación religiosa daban a sus hijos: a los más «católicos» los fichaban bajo el nombre en clave «Cartago» y frenaban sus ascensos; a los masones y republicanos convencidos, «Corinto», y los favorecían. El escándalo tumbó al Gobierno de entonces, pero no antes de torcer miles de carreras militares.
La «guerra escolar» que aquello destapó nunca ha terminado del todo. En 1984, el Gobierno socialista de Mitterrand intentó fundir la escuela privada en un sistema público único con la Ley Savary, y se topó con la mayor movilización ciudadana de la Francia de posguerra: una manifestación en París que reunió, según las cifras, casi dos millones de personas, y que obligó a retirar la ley pocas semanas después.
Cuarenta años más tarde, la escuela católica libre vuelve a notar la presión del Gobierno: un informe parlamentario sobre violencia escolar publicado en julio de 2025 centró buena parte de su atención en los centros católicos concertados, y la propia enseñanza católica francesa denunció después inspecciones estatales que llegaron a preguntar a profesores si iban a misa y a fotografiar los diarios espirituales privados de los alumnos.
«El tubo de ensayo intacto»
La reacción del mundo católico no se ha hecho esperar y ha venido con imágenes tan duras como certeras. El digital Le Salon Beige tituló sin rodeos que «la Iglesia de la República prepara sus armas para 2027, en particular contra la enseñanza libre». La columnista Gabrielle Cluzel, en Boulevard Voltaire, fue más lejos y explicó por qué a Trichard le estorban precisamente estos colegios y no, por ejemplo, los pocos centros musulmanes que también existen: porque los católicos son, dicen, «el tubo de ensayo intacto» en que se ha convertido la escuela pública.
Tribune Chrétienne, por su parte, enmarca directamente la entrevista al Gran Maestre como una nueva «ofensiva contra la escuela libre», recordando que la amenaza no llega sola: en paralelo avanza otra campaña laicista que apunta esta vez al bolsillo, con un plan declarado ya en enero para acabar con la financiación pública de la enseñanza católica concertada.
No hace falta ser demasiado suspicaz para unir los puntos: una ley de eutanasia de la que la masonería se jacta, una campaña contra la financiación del colegio católico concertado y ahora un ataque frontal a los pocos centros que ni siquiera dependen de esa financiación.
El Gran Oriente se prepara para celebrar su 300 aniversario en 2028 con las logias en la calle, unas campañas cada vez más públicas y la vista puesta en el Elíseo de 2027. La escuela católica francesa, mientras tanto, sigue haciendo lo que mejor sabe hacer desde hace siglo y medio: aguantar el chaparrón y seguir abriendo las puertas cada mañana de septiembre.
















