Paloma Hernández: «Sin el Creador, la criatura desaparece»

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La promesa de superar el dolor, el envejecimiento y la muerte mediante la inteligencia artificial, la ingeniería genética o las tecnologías de aumento vuelve a plantear la gran cuestión antropológica de nuestro tiempo: qué significa ser hombre. En «De la muerte de Dios a la muerte del hombre» (Sekotia), Paloma Hernández examina cómo la ruptura con Dios erosiona el fundamento de la dignidad humana y abre paso a un proyecto que trata la naturaleza recibida como un defecto técnico que debe ser corregido. Frente a esa aspiración de autosalvación biotecnológica, la autora reivindica la visión cristiana de la persona: criatura corporal, vulnerable y libre, llamada no a fabricarse a sí misma, sino al amor, la trascendencia y la comunión con Dios.

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—Nietzsche anunció la «muerte de Dios»; el transhumanismo parece anunciar que el hombre puede convertirse en su propio creador. ¿Estamos ante la culminación de la autonomía moderna, ante una nueva forma de gnosticismo o ante una “religión” secular que promete salvación mediante la técnica?

—Creo que concurren las tres cosas. El transhumanismo representa la fase moderna de la pretensión humana de alcanzar la autonomía plena: ya no basta con que el hombre se emancipe de Dios, de la tradición o de la autoridad; ahora pretende emanciparse también de su propio cuerpo, de su naturaleza y de su condición de criatura. El hombre ya no quiere recibir su identidad, sino producirla a su gusto, diseñarla y fabricarla.

Esta ideología o filosofía transhumanista presenta también rasgos gnósticos, aunque no deba identificarse sin más con los antiguos gnosticismos. Comparte con ellos el rechazo de la condición corporal recibida, considerada defectuosa, y la promesa de salvación mediante un conocimiento reservado a una minoría. Antes era una gnosis secreta, recibida sólo por unos pocos elegidos; ahora son unas “bondades” biotecnológicas administradas por expertos a una élite.

En cierto sentido, el transhumanismo mantiene asimismo una estructura religiosa: posee una doctrina de salvación, una especie de sacerdocio tecnocientífico, unos elegidos y una promesa de inmortalidad. El pecado ya no sería el desorden moral, sino la imperfección biológica, que podría ser superada mediante la tecnología. Todo ello sin tener en cuenta a Dios, por supuesto. Es el culmen de la soberbia humana: transformar la imperfecta naturaleza humana en una naturaleza superior. Al fin y al cabo, es la vieja tentación del Génesis: «Seréis como dioses». La clave es entender que la ideología transhumanista interpreta la imperfección humana como un fallo técnico, susceptible de corrección por las solas fuerzas humanas.

—Usted recorre el camino que lleva del humanismo cristiano al transhumanismo contemporáneo. ¿Qué aportó el cristianismo a la conciencia de la dignidad personal que no estuviera plenamente formulado en el mundo antiguo, y por qué ese legado resulta hoy tan vulnerable?

—Es cierto que el mundo antiguo desarrolló ideas muy elevadas acerca de la razón, la virtud, la ley natural y el orden político, pero el cristianismo introdujo un fundamento nuevo y universal para la dignidad humana: todo hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, Cristo ha asumido la naturaleza humana y la salvación se ofrece a todas las naciones.

El cambio fue revolucionario: la dignidad ya no dependía de la ciudadanía, de la posición social, de la fuerza, de la salud, del sexo o de la pertenencia a un pueblo determinado. San Pablo proclama que ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, porque todos pueden incorporarse a Cristo. Además, la Encarnación eleva extraordinariamente la naturaleza humana: Dios no asumió una naturaleza angélica, sino nuestra carne. Y la resurrección de la carne confirma que el cuerpo no es una cárcel desechable, sino una dimensión constitutiva de la persona.

La doctrina católica de la resurrección de la carne se opone radicalmente al gnosticismo, pero también al catarismo y a otros espiritualismos que consideran la materia como algo inferior, corrupto o incluso maligno, y el cuerpo como una simple cárcel o cáscara de la que el alma debe liberarse. Para el cristianismo, en cambio, la materia ha sido creada por Dios y es buena; el cuerpo pertenece verdaderamente a la persona humana y está llamado a participar de su destino eterno. Por eso Dios mismo asumió carne en la Encarnación, Cristo resucitó corporalmente y la esperanza cristiana no consiste en abandonar definitivamente el cuerpo, sino en su resurrección y glorificación. Por eso el Credo dice: «Creo en la resurrección de la carne», porque la salvación definitiva incluye también el cuerpo, aunque transformado.

Lo que ocurre en nuestras sociedades secularizadas —configuradas sin Dios o, más exactamente, contra Dios— es que se pretende conservar la idea de dignidad humana después de haberla desvinculado del parámetro trascendente que la fundamenta y le da sentido. La dignidad deja entonces de ser inherente a todo ser humano y empieza a identificarse con ciertas capacidades o estados: la autopercepción, la autonomía, la autoconciencia, la salud o el nivel de bienestar. En ese momento, el niño no nacido, el discapacitado, el enfermo grave, la persona desesperada o el anciano dependiente pueden ser considerados vidas incompletas, defectuosas, indignas o descartables.

Para el cristianismo, en cambio, ninguna imperfección biológica priva al hombre de su dignidad. La verdadera herida del hombre no consiste en envejecer, enfermar o depender de otros, sino en el desorden moral y espiritual de una voluntad que se aparta del bien. Eso es precisamente lo que trato de expresar con el título del libro: sin el Creador, la criatura desaparece. Si borramos a Dios, terminamos borrando también al hombre, porque ya no sabemos definir objetivamente qué es ni en qué se funda su dignidad.

La discusión no se limita así a los nuevos dispositivos o a los avances biomédicos: remite al fundamento mismo de la dignidad de toda vida humana.

—El deseo de curar enfermedades, aliviar el dolor o reparar discapacidades forma parte de los mejores logros de la medicina. ¿Dónde sitúa la frontera moral entre emplear la técnica al servicio de la persona y convertirla en un instrumento para rediseñar o seleccionar al ser humano?

—La frontera está entre los fines que persigue la propia disciplina médica y los que persigue el transhumanismo. La medicina trata de restaurar la naturaleza humana cuando está dañada: cura una enfermedad, alivia un dolor, restaura una función perdida o permite a un discapacitado desenvolverse mejor. Una prótesis, un trasplante o una terapia genética destinada a corregir una patología pueden ser ejemplos extraordinarios de las capacidades humanas puestas al servicio de la vida.

La ideología transhumanista, en cambio, considera esa propia naturaleza un defecto en sí misma, una materia prima defectuosa que debe ser reconstruida, superada, aumentada y perfeccionada. Ya no se trata de ayudar a una persona concreta, sino de transformar la propia naturaleza humana.

El transhumanismo está preso del mito del progreso indefinido: afirma que la “humanidad” tiene el imperativo ético perfeccionista de acelerar deliberadamente la evolución de la especie para entrar en una fase de existencia poshumana. Se trata de modificar no tanto la sociedad como la propia condición humana. Es una nueva promesa de salvación, pero una salvación inmanente, sin Dios y reservada únicamente a quienes puedan pagarla.

El nuevo Prometeo, que pretende emanciparse de Dios para convertirse en creador de sí mismo, no termina siendo más libre ni más soberano: acaba convertido en un producto, en una criatura prefabricada, estandarizada y sometida como nunca antes a los poderes tecnológicos, financieros y políticos que controlan los medios necesarios para su transformación.

La pregunta no debe ser únicamente si podemos hacer algo, sino: «¿Qué estamos haciendo, sobre quién, para qué y al servicio de quién?». La técnica debe estar subordinada a la persona; cuando la persona se convierte en materia prima de la técnica, hemos invertido el orden.

—Cuando se habla de “mejora” humana, suele darse por supuesto que existe un modelo de hombre superior al que habría que aproximarse. ¿Quién definirá ese modelo, con qué intereses y qué lugar quedará para quienes no quieran —o no puedan— entrar en esa carrera de optimización?

—Esa es una de las grandes trampas del transhumanismo. Se habla de “mejorar” al hombre como si la idea de mejora fuera neutral y evidente. Algo se mejora con arreglo a algún criterio, pero ¿quién establecerá esos criterios? No será el “género humano” en abstracto, como si la humanidad conformara una unidad armónica o pudiera sentarse en una mesa y llegar a algún tipo de consenso universal.

Quienes marcarán los criterios serán Estados, corporaciones tecnológicas, aseguradoras, ejércitos, industrias farmacéuticas, fondos de inversión y comités de expertos, cada uno con intereses políticos y económicos concretos. El supuesto hombre superior será probablemente el individuo más útil para el sistema que financie su optimización.

Además, aquello que inicialmente se presente como una elección libre puede convertirse rápidamente en una obligación. Si una mejora genética o neuronal ofrece ventajas laborales, militares o educativas, quien la rechace o no pueda acceder a ella quedará en inferioridad. La libertad para mejorarse terminará transformándose en la obligación de hacerlo.

En nombre del “progreso”, la igualdad y la libertad, surgiría una nueva división social entre seres humanos optimizados y no optimizados. Los pobres, los enfermos, los discapacitados, los ancianos o quienes se nieguen a intervenir sobre su naturaleza podrían convertirse en una clase biológicamente subordinada. Sería una nueva eugenesia, quizá no impuesta únicamente por el Estado, sino administrada por el mercado y aceptada bajo la apariencia del consentimiento individual.

La promesa de optimización deja entonces de ser una cuestión exclusivamente científica para convertirse en un problema de poder, desigualdad y libertad efectiva.

—Una cultura que aspira a erradicar el sufrimiento, la fragilidad, el envejecimiento y la muerte puede acabar viendo esas realidades sólo como fallos técnicos. ¿Qué verdad sobre la libertad, el amor y la condición humana se pierde cuando se rechaza cualquier límite como si fuera una humillación?

—Lo que se pierde es el propio sentido de la realidad: la aceptación de que el sufrimiento, la fragilidad, el envejecimiento y la muerte forman parte constitutiva de la vida humana. Somos seres corporales, vulnerables y dependientes. Nacemos necesitando cuidados, vivimos gracias a otras personas y, con frecuencia, terminamos necesitando de nuevo su asistencia. La autosuficiencia absoluta es una ficción.

Una existencia invulnerable, sin dependencia, sacrificio ni posibilidad de pérdida sería también una existencia en la que buena parte del amor humano dejaría de tener sentido. Esto no significa en modo alguno romantizar el dolor ni renunciar a combatirlo mediante la investigación. Cristo curó enfermos y la Iglesia creó hospitales. El problema consiste en creer que todo sufrimiento vuelve indigna la vida, porque cuando una sociedad deja de tolerar la fragilidad termina despreciando a los frágiles.

Lo que está en juego es la propia estructura de la experiencia humana, su libertad, su dignidad y su profundidad. ¿Se puede abolir el dolor y la lucha sin abolir al hombre? ¿Qué dota de sentido a la vida? Borramos de un plumazo la dimensión trágica de la vida, que es lo que le da profundidad y hondura.

El error no está en aspirar a un mundo mejor, sino en creer que puede alcanzarse eliminando el conflicto, el sufrimiento o la libertad. La teología católica señala que el mal no puede ser eliminado, que el hombre no está llamado a ser perfecto en un sentido técnico, sino a ser libre, a amar, a trascender y a alcanzar el plano sobrenatural. Y eso no puede lograrse eliminando el sufrimiento, sino atravesándolo con sentido.

—El ideal del individuo autosuficiente y permanentemente optimizable parece convivir con una creciente soledad y con el debilitamiento de los vínculos familiares, comunitarios y religiosos. ¿Qué relación observa entre esa antropología y el desarraigo que caracteriza a buena parte de las sociedades occidentales?

—La relación es directa, porque el individuo autosuficiente es una abstracción: no existe, es un imposible. Nadie se da a sí mismo la vida, la lengua, la educación, la cultura o la identidad. El individuo nace, pero la persona se hace, y sólo se hace persona dentro de una sociedad de personas: una familia, una comunidad, una tradición, una nación y, desde la perspectiva católica, la Iglesia.

Sin embargo, la antropología liberalprogresista presenta esos vínculos como limitaciones que impiden la autorrealización. De esa manera se da a entender que la familia es una carga; que la autoridad paterna o la del maestro oprimen al niño; que la maternidad es una injusticia biológica; que la tradición no sirve para nada; o que la religión es un invento de las élites para mantener adormecidas y sometidas a las masas.

El resultado es un individuo aparentemente liberado, pero profundamente solo, sin raíces y cada vez más dependiente del mercado y del Estado. Al perder sus redes naturales de protección necesita comprar compañía, terapia, entretenimiento, identidad y sentido. Y un individuo aislado es mucho más fácil de gobernar y manipular que una persona sostenida por una familia fuerte y por vínculos comunitarios estables.

El egoísmo y la soledad contemporánea no son accidentes externos a esta antropología, sino una de sus consecuencias.

La disputa antropológica se hace visible también en la vida cotidiana: en la familia, los cuidados, la educación, la pertenencia y los vínculos que sostienen a la persona.

—El cristianismo no promete una mera prolongación indefinida de la vida, sino resurrección y comunión con Dios. ¿Por qué esa diferencia entre la esperanza cristiana y la promesa transhumanista de vencer la muerte es decisiva para defender una cultura verdaderamente humana, sin caer por ello en el desprecio a la ciencia y a la medicina?

—Porque prolongar la vida biológica no equivale a vencer la muerte. Aunque lográramos vivir quinientos años, seguiríamos siendo criaturas finitas, vulnerables y sometidas a la pérdida. Tampoco una copia digital de nuestros recuerdos sería la persona: sería, en todo caso, una reproducción de determinada información.

La esperanza cristiana es radicalmente distinta porque promete la resurrección de la persona entera, la restauración de la unidad del cuerpo y el alma y la comunión eterna con Dios. No es una fuga de la corporalidad, sino su glorificación. La técnica puede curar, aliviar y prolongar la vida, pero no puede redimir al hombre, perdonar el pecado ni concederle la visión de Dios.

Y vuelvo a subrayar que esto no implica despreciar la ciencia. La tradición católica afirma que la razón y la fe no se contradicen y, de hecho, la Iglesia desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de universidades, hospitales, obras asistenciales y también de aquello que conocemos como revolución científica. Lo que se rechaza no es la ciencia, sino el fundamentalismo científico: la pretensión de convertirla en una doctrina de salvación.

Nota

«De la muerte de Dios a la muerte del hombre«, de Paloma Hernández, ha sido publicado por Sekotia, con prólogo de José Javier Esparza. La autora es también responsable del canal de YouTube Fortunata y Jacinta, dedicado a la filosofía política y a la filosofía de la historia.

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