León XIV llegó a Lourdes y se encontró con una ciudad llena de historias

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Hay lugares en los que la presencia de un Papa cambia inevitablemente la escena, porque allí donde llega el sucesor de Pedro aparecen las cámaras, las autoridades, los protocolos y esa mezcla de curiosidad y emoción que acompaña siempre a las grandes visitas. Lourdes, sin embargo, tiene una manera particular de absorber todo eso y devolverlo a su verdadera dimensión. El sábado por la tarde, cuando León XIV llegó al santuario después de los días intensos en París, con encuentros institucionales, discursos y celebraciones multitudinarias, se encontró con una ciudad acostumbrada a recibir a personas que llegan desde muy lejos con algo mucho más íntimo que una reivindicación o una pregunta política: llegan con un enfermo, con un recuerdo, con una preocupación familiar, con una promesa o con una oración que quizá llevan años repitiendo.

Por eso resultó especialmente significativo que su primer gesto ante la Gruta de Massabielle no fuera un discurso, sino el silencio. León XIV se acercó a la roca, se arrodilló ante la imagen de la Virgen, encendió una vela y permaneció unos instantes en oración mientras alrededor se agolpaban miles de peregrinos. La escena fue retransmitida a todo el mundo, pero tenía algo difícilmente televisable, porque quienes conocen Lourdes saben que lo esencial de una peregrinación ocurre precisamente en esos momentos en los que nadie habla y cada persona se queda a solas con aquello que ha venido a confiar.

El Papa había llegado a Francia hablando ante las grandes instituciones de la República, ante la UNESCO, ante los jóvenes y ante los obispos, y en sus intervenciones había aparecido una y otra vez la preocupación por una sociedad marcada por la división, la violencia, la pobreza y la pérdida de esperanza. Cuando llegó a Lourdes, esas mismas cuestiones dejaron de ser conceptos para convertirse en rostros concretos. La enfermedad, que en un discurso puede aparecer como una de las muchas realidades que preocupan a la sociedad, allí ocupa un lugar central y visible; basta caminar por el santuario para encontrarse con personas en sillas de ruedas, peregrinos acompañados por hospitalarios, familias que llevan a un enfermo y voluntarios que han dedicado buena parte de su vida a hacer posible que otros puedan venir.

La oración que León XIV pronunció ante la Gruta tuvo precisamente ese tono. En lugar de convertir Lourdes en una parada meramente devocional dentro de su viaje, puso ante la Virgen las preocupaciones de Francia y pidió para el país el «don de la concordia fraternal», además de confiarle a los pobres, a las familias, a los jóvenes, a quienes sufren y a quienes trabajan por la paz. En el texto oficial de la Santa Sede aparece también una petición concreta para que se rezase «la lógica de la guerra» y para que Francia pueda contribuir a la defensa de la dignidad y de los derechos humanos.

París había mostrado al Papa una Francia institucional, cultural y política, una Francia que debate sobre su futuro y que ocupa un lugar central en Europa; Lourdes le ha mostrado otra Francia, menos visible pero no menos real, formada por quienes viven con la enfermedad, por quienes acompañan a un familiar, por quienes buscan consuelo después de una pérdida y por quienes siguen regresando cada año porque en este lugar han encontrado algo que no saben explicar del todo, pero que consideran suficiente para volver.

Hay una diferencia entre visitar un lugar y entrar en la historia de quienes lo habitan, y León XIV ha optado por lo segundo. El santuario no se entiende únicamente a partir de las apariciones de 1858, ni siquiera a partir de la figura de Bernardita Soubirous, aunque todo comience con aquella muchacha de catorce años que acudió a Massabielle y afirmó haber visto a una Señora. Se entiende también a través de las generaciones de peregrinos que han convertido aquel episodio en una historia familiar, porque detrás de cada fotografía tomada ante la Gruta hay muchas veces otra historia que no aparece en ninguna cámara: la de una madre que llevó allí a su hijo enfermo, la de unos hermanos que regresan cada año para recordar a alguien que murió, la de una persona que llegó sin saber muy bien qué esperaba encontrar y volvió a casa con la sensación de haber sido escuchada.

Esa dimensión humana explica también la importancia que tiene el encuentro del Papa con los enfermos y con quienes trabajan en el Accueil Notre-Dame, previsto dentro de su jornada en Lourdes. La presencia de los enfermos forma parte de la identidad misma del santuario. En Lourdes, la fragilidad no se esconde y tampoco se convierte en un problema que otros deben resolver discretamente; ocupa el centro de la peregrinación y recuerda a todos los que llegan que hay momentos de la vida en los que una persona necesita ser ayudada para caminar, para comer, para entrar en una celebración o simplemente para llegar hasta la Gruta. El encuentro está previsto para la tarde del domingo 27 de septiembre.

Antes de llegar a Lourdes, León XIV había hablado con los obispos franceses de las heridas provocadas por los abusos cometidos en ambientes eclesiales y de la necesidad de continuar avanzando en la verdad, la justicia, la reparación y la protección de los menores. En Lourdes, donde la fragilidad forma parte de la vida cotidiana del santuario, esas palabras adquieren otra resonancia.

Lourdes tiene, además, una relación muy particular con el fracaso de las respuestas fáciles. Muchos peregrinos llegan esperando una curación y algunos regresan con la misma enfermedad con la que llegaron, de modo que la experiencia del santuario no puede reducirse a la idea de que la fe ofrece siempre una solución visible e inmediata al sufrimiento. Hay personas que no encuentran la respuesta que habían pedido y, sin embargo, continúan considerando importante haber venido; familias que regresan después de haber perdido a un ser querido y siguen encendiendo una vela; enfermos que no esperan ya una curación y encuentran en la peregrinación una forma de no sentirse solos.

El gesto de León XIV ante la Gruta quedó reducido a unos pocos movimientos: acercarse a la roca, arrodillarse, encender una vela y permanecer unos instantes en oración, mientras los peregrinos se agolpaban alrededor. Después de dos días de discursos, encuentros y ceremonias, el Papa ha dejado también espacio para las intenciones personales, especialmente las de los enfermos y quienes sufren.

El domingo continuará la jornada en Lourdes con la Eucaristía en la Prairie, el encuentro con los obispos franceses, la visita al Accueil Notre-Dame y el encuentro privado con las religiosas contemplativas del Carmelo. Por la noche, a las nueve, llegará el Rosario y la procesión de las antorchas.

Miles de pequeñas llamas avanzarán por Lourdes y, entre ellas, también caminará León XIV. La Gruta quedará iluminada. Cada vela llevará un nombre, una memoria o una petición.

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