«Algo está pasando con la fe en Berlín»: jóvenes sin educación religiosa descubren el catolicismo

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Liv estudia en Berlín, aunque procede de Fráncfort del Meno. Su madre es católica, pero ella fue bautizada en la iglesia protestante. En casa, recuerda, se rezaba por las noches. Sin embargo, de niña «no podía hacerse una idea de quién era Dios en realidad». Eso sólo cambió años después. Liv comenzó a interesarse por la fe católica y a asistir regularmente a misa. Hasta que llegó un momento en que ya no le bastaba con estar presente: quería recibir la comunión. En la Semana Santa de 2027 será recibida en la Iglesia católica.

Renacimiento silencioso del catolicismo

Participa, con unas 200 personas, en un encuentro denominado «Quiet Revival». «Renacimiento silencioso» parece una buena expresión para describir lo que reúne aquí a jóvenes conversos, recién bautizados y personas que se preparan para recibir el bautismo, gran parte de ellas entre 20 y 30 años. Aunque mantienen contacto virtual con otros jóvenes católicos y con personas que recorren un camino semejante, aquí los nombres cobran rostro.

Quizá ahí se encuentre una de las claves del fenómeno. Estos jóvenes no buscan únicamente respuestas a sus inquietudes religiosas. Buscan también personas con quienes compartirlas. Se intercambian números de teléfono, nacen grupos de WhatsApp; se conciertan nuevos encuentros.

Al lado de Liv se encuentra Niels. Este berlinés ya ha dado un paso más: recibió el bautismo en la Semana Santa de 2026. Su camino no comenzó una parroquia ni, al principio, a través de recursos católicos en Internet, sino a través de la literatura. Primero, Hölderlin; después, el Maestro Eckhart, Johannes Tauler y Tomás de Kempis. En algún momento –cuenta– comprendió que «tenía que bautizarme». Escribió a un sacerdote católico de su distrito, Spandau. Así comenzó su camino hacia la Iglesia católica.

De lo digital a lo presencial

Los itinerarios son distintos y, sin embargo, se parecen. A menudo, la búsqueda comienza ante un libro o una pantalla, con un podcast o un vídeo. Pero llega un momento en que la búsqueda se convierte en una decisión concreta, y el contacto digital debe transformarse en un encuentro.

Kevin no puede evitar sonreír cuando relata de dónde procede: de los alrededores de Chicago, «cerca de la casa donde se rodó “Solo en casa”», cuyo personaje principal se llamaba… Kevin. Lleva ya 13 años viviendo en Berlín. A su lado está Maksyn, nacido en Ucrania, pero también ciudadano estadounidense. Ambos pertenecen a la comunidad católica de habla inglesa de San Bernardo. Esta tarde han acudido a la sala Cardenal Bengsch, de la parroquia berlinesa de San Matías, porque quieren conocer a personas que se encuentren en una situación similar a la suya. Kevin y Maksyn buscan, sobre todo, conocer a otros jóvenes católicos de Berlín. Las parroquias –dicen– no deberían ser «islas».

Internet, el nuevo areópago

«Internet es la nueva plaza del mercado», afirma el sacerdote Oliver Dembski, de Hamburgo. Desde hace años observa que son sobre todo jóvenes quienes se acercan a él para decirle que desean bautizarse. Muchos proceden de familias en las que la religión dejó de desempeñar cualquier papel hace tiempo. Y cuando finalmente llaman a la puerta de un sacerdote, a menudo llevan horas y horas viendo vídeos en TikTok o YouTube. Sorprendentemente, saben mucho sobre la fe.

En cambio, las luchas internas de la Iglesia, con las que inevitablemente se encuentran también en Internet, les interesan poco. Quieren saber qué creen los católicos y cómo se llega a ser católico. Pero la pantalla –insiste Dembski– sólo puede ser el principio. Al final se trata del encuentro personal y de los sacramentos.

Un sacerdote con estola ofrece esa noche, discretamente, la demostración práctica. Una persona se acerca a él. Ambos desaparecen en una sala contigua para la confesión. Al cabo de unos minutos regresan. Poco después se acerca otra persona y el proceso comienza de nuevo.

«Primera evangelización digital»

El padre Paulus, de los Franciscanos de la Renovación, habla incluso de una «primavera incipiente». Lleva décadas trabajando con jóvenes y en barrios socialmente difíciles. Ahora se encuentra con personas que no han recibido ninguna educación religiosa y que, de repente, quieren aprender a rezar. Se interesan por la adoración eucarística, preguntan por las tradiciones católicas y quieren saber cómo se vive, en la práctica, como cristiano.

Según él, puede hablarse de una especie de «primera evangelización digital»; pero sólo si la pantalla no se convierte en un fin en sí mismo, sino en una puerta.

Cómo puede continuar este proceso se observa en otro encuentro, un domingo al mediodía, esta vez en el salón parroquial de San Matías. Tras la misa, unos sesenta jóvenes toman asiento en torno a una larga mesa. Antes de comer lo que ellos mismos han preparado, escuchan una breve charla.

Este domingo habla el padre Marc-Stephan Giese, jesuita y capellán universitario de Potsdam, sobre la misión.

Alemania –afirma–hace tiempo que se ha convertido en un país de misión. Y esto vale todavía más para Berlín. Pero la misión no empieza «saliendo a la calle».

«El primer paso de la misión no es dejarse enviar, sino el encuentro». Quien quiera hablar de la fe debe estar primero arraigado en ella: «Profundizad en la fe. Encontrad a Cristo, el Resucitado, y dejad que el Espíritu Santo transforme vuestro corazón». Cuando Giese termina, comienza el programa propiamente dicho: comer, hablar, conocerse.

El rechazo al cristianismo en su ambiente le despertó

La mesa surgió de un pequeño círculo. Uno de sus impulsores es Maximilian Koch. Educado en el protestantismo, de niño rezaba con su abuela, acudía a la iglesia y leía la Biblia. Durante su juventud perdió la fe. Sólo después de cumplir los treinta volvió a plantearse si faltaba algo en su vida. Paradójicamente, fue el rechazo al cristianismo que encontraba en su entorno lo que despertó su interés. Le irritaba que en determinados ambientes la fe cristiana pudiera despacharse sin más como patriarcal, reaccionaria o de extrema derecha.

Entonces sufrió un accidente de motocicleta en Grecia, que podría haberle costado la vida. «En ese momento supe: Dios está ahí». Volvió a leer la Biblia. En un servicio ecuménico escuchó a un sacerdote católico hablar extensamente de las Escrituras . «La seriedad que percibí allí me resultaba familiar de mi infancia, de cuando rezaba con mi abuela. En ese momento me convencí. Ya no había vuelta atrás».

Internet es el campo de batalla

Sin embargo, buena parte de ese camino siguió desarrollándose en Internet. En una plataforma comenzó a organizar estudios bíblicos, momentos de oración y tertulias. Allí conoció a William Pick, quien también procede de un entorno evangélico. Durante la pandemia empezó a plantearse con mayor intensidad las grandes cuestiones de la vida. Unos amigos católicos de Estados Unidos le ayudaron en su búsqueda. Habló con ortodoxos, protestantes y católicos, hasta que alguien le recomendó asistir a una misa en latín. La primera misa le «encantó», recuerda. A partir de entonces, regresó todos los domingos. Finalmente, se hizo católico.

De aquellos encuentros digitales nació poco a poco un pequeño grupo estable. Pick había observado que, después de misa, muchos jóvenes se marchaban directamente a casa. Decidieron crear un lugar en el que quedarse. La primera vez acudieron seis personas. Después, los amigos trajeron a otros amigos. Al cabo de medio año eran ya unos cincuenta.

«Me ha invitado William», se oye decir varias veces este domingo para explicar por qué han venido. Así de tradicional funciona, en parte, el «renacimiento silencioso»: de boca en boca.

Después de comer, algunos participan en una catequesis o en estudios bíblicos; otros quedan para hacer deporte. Durante el verano organizaron una visita a un museo para familiarizarse con el arte cristiano; también están previstas veladas literarias y cinematográficas. Porque quien ha crecido sin socialización cristiana no necesita únicamente conocer el catecismo. Debe descubrir toda una cultura que a generaciones anteriores todavía les había sido transmitida, al menos parcialmente, de manera natural.

Primera evangelización

El arzobispo de Berlín, Mons. Heiner Koch, observa esta evolución con cautelosa esperanza. En una conferencia reciente evitó expresamente hablar de una «gran recristianización». La cifra total de bautismos sigue descendiendo en Alemania. Al mismo tiempo, sin embargo, aumenta el número quienes reciben el bautismo siendo ya adultos.

Hasta dónde puede llegar esta evolución se lo contó un obispo francés amigo suyo. En Francia, durante la Semana Santa de 2026 fueron bautizados más de 13 000 adultos y otros 8.100 jóvenes de entre once y diecisiete años.

La Iglesia –le explicó aquel obispo– no había planificado ni «provocado» aquel auge. Simplemente había «abierto una puertezuela para que la gente pudiera entrar. Pero ahora han entrado por las ventanas».

Alemania está todavía muy lejos de esas cifras. Pero para Koch lo decisivo es que las condiciones han cambiado radicalmente. Según sus datos, en la archidiócesis de Berlín sólo se bautiza ya a alrededor del 35 por ciento de los niños de familias en las que al menos uno de los padres es católico. La transmisión natural de la fe se está quebrando.

Por eso, el propio obispo considera que el término «nueva evangelización» resulta impreciso para buena parte de Alemania Oriental. La «nueva evangelización» presupone que se puede revivir algo que en su día existió. Sin embargo, muchos jóvenes que hoy empiezan a preguntarse por la fe carecen de cualquier experiencia cristiana. Lo que se necesita –afirma Koch– es más bien una «primera evangelización».

Fuera de la sala parroquial se extiende Berlín, una de las grandes ciudades más secularizadas de Europa. Dentro, jóvenes que han llegado a la fe por caminos muy distintos intercambian experiencias, números de teléfono y hacen planes conjuntos. Nadie puede predecir si de todo ello surgirá un movimiento de grandes dimensiones. Pero las puertas –y quizá también las ventanas– están abiertas a un renacimiento de la fe, de momento aún silencioso.

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