Rubio Donzé: «No importa si la historia nos favorece: importa si ocurrió y podemos demostrarlo»

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La historia de España suele volver al debate público convertida en un terreno de simplificaciones: unas veces se la reduce a un relato de violencia, fanatismo y atraso; otras, se la presenta como una historia sin sombras ni contradicciones. Javier Rubio Donzé rechaza ambos extremos. Arquitecto, fundador de Academia Play y autor de «España contra su Leyenda Negra» (La Esfera de los Libros), publica ahora «Cuando el mundo quiso ser español. La spanishmanía que cambió la historia y la cultura universal» (HarperCollins), un recorrido por veinticinco episodios en los que elementos nacidos, desarrollados o identificados con España fueron admirados, adaptados y transformados fuera de sus fronteras.

Desde la imagen romántica de la Alhambra difundida por Washington Irving hasta la proyección internacional de los Sanfermines a través de Hemingway; desde las misiones españolas de California y su huella en la arquitectura posterior hasta la genealogía hispana de la cultura cowboy, el libro sigue el rastro de influencias que viajaron, se mezclaron con otras tradiciones y, en ocasiones, terminaron por perder la memoria de su origen. En esta conversación, Rubio Donzé explica qué exigencias de prueba impone a esas conexiones, qué papel desempeñó la matriz cristiana en la formación de buena parte de la cultura española y por qué una divulgación responsable debe distinguir entre el conocimiento histórico y la propaganda.

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—Su libro reúne veinticinco historias de influencias españolas fuera de nuestras fronteras. ¿Qué criterio le permite entenderlas como una proyección cultural reconocible y no como una suma retrospectiva de coincidencias, préstamos o afinidades?

—Exacto. Lo que reúne el libro son veinticinco historias distintas que, puestas una junto a otra, revelan un patrón recurrente. Y es que tenemos elementos nacidos en España, desarrollados aquí o identificados inequívocamente con lo español que son adoptados y transformados fuera de nuestras fronteras. Casi siempre por pura admiración. España siempre ha inspirado al mundo.

En algunos casos la transmisión es directa y perfectamente rastreable. Washington Irving vive en la Alhambra y escribe Cuentos de la Alhambra. Y esa obra contribuye decisivamente a crear una determinada imagen romántica —y, por tanto, mítica— de España en el mundo anglosajón. Otro ejemplo que trato en el libro y es por todos conocido: Hemingway. Hemingway conoce los Sanfermines y Fiesta los convierte en un fenómeno internacional. En otros casos la transferencia es material: técnicas constructivas, formas arquitectónicas, prendas, vinos, prácticas ganaderas, obras de arte.

Lo que sostengo es algo muy sencillo: que la fascinación exterior por España ha aparecido muchas veces, en lugares y épocas muy distintos, y que podemos documentarla.

Para Rubio Donzé, los veinticinco casos reunidos revelan una fascinación exterior por España repetida y documentable.

—La divulgación obliga a condensar cadenas de transmisión a menudo complejas. Cuando vincula a España un símbolo, una moda, una forma artística o un relato, ¿qué clase de evidencia considera necesaria para sostener esa genealogía y cómo aborda las controversias historiográficas?

—Claro. Depende de la afirmación que estemos haciendo. Decir que un edificio está inspirado directamente en otro porque así lo dice el arquitecto que lo construyó no es lo mismo que señalar que una tradición contribuyó a formar otra posterior.

Se me ocurre, por ejemplo, la fiebre por todas esas Giraldas que proliferaron en Estados Unidos, un tema al que le dedico un capítulo. Eso está muy bien documentado. Es historia bastante reciente. Más complicado es cuando tratas la Edad Media, donde tenemos muchas menos fuentes y testimonios. Pero creo que una de las obligaciones del divulgador consiste precisamente en ajustarse a la evidencia, ya sea a través de una carta, un viaje, una obra anterior, una crónica o un documento institucional; o mediante la arqueología, la numismática u otras disciplinas.

Otras veces la transmisión está reconstruida por historiadores especializados, historiadores de los que te fías. Las fuentes secundarias también son imprescindibles para el divulgador. Y cuando existe controversia, y aquella controversia además enriquece la narración, creo que hay que decirlo. La historia cultural casi nunca funciona como una línea recta. Las cosas viajan, se mezclan, cambian de significado y muchas veces regresan transformadas.

El autor reclama ajustar cada afirmación a las pruebas disponibles y explicitar las controversias cuando las haya.

—El eje de su libro es la fascinación exterior por España, no el cristianismo. Sin embargo, sería difícil comprender ocho siglos de cultura española sin el factor católico. ¿Qué huellas de esa matriz religiosa advierte en las formas culturales que han perdurado o viajado fuera de España?

—En realidad, el cristianismo no es exactamente el eje vertebrador de mi libro. El eje vertebrador, la línea argumental, es la fascinación exterior por España y la capacidad que ha tenido la cultura española, durante siglos, para ser admirada, imitada y transformada fuera de nuestras fronteras. Y esa fascinación alcanza cosas tan distintas como el vino de Jerez, la cultura cowboy, los Sanfermines, Dalí, Balenciaga, Orson Welles o la arquitectura de Hollywood.

Ahora bien, dicho esto, sería igualmente absurdo intentar entender ocho siglos de cultura española prescindiendo del factor católico.

Pensemos en California. La expansión española dejó allí una red de misiones admirable. Eran centros religiosos, sí, pero también centros económicos y productivos, con talleres, huertas, ranchos, sistemas de riego… Con comunidades enteras organizadas a su alrededor. Esa red ayudó a modelar el territorio.

A principios del siglo XX, cuando California quiso encontrar una arquitectura propia, ¿qué hizo? Pues volver los ojos hacia aquellas misiones. De allí nació el Mission Revival y, posteriormente, parte del Spanish Colonial Revival que conquistó Hollywood. Ese es uno de los capítulos sobre los que más me ha gustado investigar. Ten en cuenta que yo soy arquitecto.

Los hoteles y mansiones que copiaron los arcos de las misiones —o también de los presidios—, sus muros blancos, sus patios o sus campanarios ya no tenían ninguna finalidad evangelizadora, pero conservaban las formas de una arquitectura nacida en buena medida alrededor de la arquitectura de la frontera norte novohispana. Y ese fenómeno me parece fascinante.

Ocurre también con los Sanfermines, donde lo sagrado y lo profano estaban mucho más mezclados de lo que hoy tendemos a imaginar. También ocurre en personajes a los que dedico capítulos enteros. Eugenia de Montijo fue una mujer profundamente católica y convirtió la caridad en una parte importante de su actividad como emperatriz. Balenciaga, nuestro modisto más internacional, era igualmente un hombre de fe, y los especialistas han rastreado en algunos de sus diseños la influencia de hábitos e incluso de las siluetas de las imágenes marianas de las procesiones.

Y Dalí, el provocador por excelencia, que tanto encandiló a los estadounidenses, acabó entrando de lleno en la tradición mística española.

Incluso Don Juan, el personaje de Tirso de Molina, casi tan universal como El Quijote, resulta difícil de comprender en su forma original sin el universo católico barroco. El primer Don Juan juega con el pecado, juega con el arrepentimiento y con la posibilidad de aplazar la salvación hasta el último instante. El famoso «¡Qué largo me lo fiais!» solo se entiende dentro de esa visión. Después Europa tomó el personaje y lo convirtió en muchas otras cosas. Pero debajo sigue estando aquel andamiaje moral —o amoral, en este caso—.

Durante siglos, la fe cristiana proporcionó instituciones, símbolos, relatos, fiestas, una determinada concepción de la caridad, de la muerte, del pecado, de la belleza o del sacrificio y, sobre todo, una cantidad formidable de formas artísticas y arquitectónicas.

Aunque también hay capítulos de mi libro donde la fe en Cristo aparece de forma absolutamente explícita, como los voluntarios españoles que combatieron en Buda en 1686 dentro de una Santa Liga impulsada por el papa Inocencio XI y que entendían su propia participación como un servicio a la Cristiandad.

Sin ser el eje del libro, el factor católico resulta, a su juicio, imprescindible para entender buena parte de la cultura española.

—La influencia cultural puede sobrevivir al poder político, cambiar de lengua y de contexto, o perder la memoria de su origen. ¿Qué caso del libro ilustra mejor esa transformación?

—Quizá el ejemplo que más me divierte sea el del cowboy. Hoy cuesta imaginar algo más genuinamente estadounidense que un vaquero a caballo con su sombrero, sus espuelas, sus chaparreras… O un rancho, un rodeo… Hollywood consiguió convertir al cowboy en uno de los grandes mitos nacionales de Estados Unidos. Sin embargo, cuando tiras del hilo aparecen constantemente los vaqueros españoles y novohispanos.

Ahí están el propio término vaquero, convertido en buckaroo; el rodeo, el lazo, las charreadas, el gaucho, buena parte de las técnicas para manejar ganado a caballo… Los caballos introducidos por los españoles, por cierto; el caballo de las marismas del Guadalquivir. Todo aquello, toda esa cultura, pasa por México, se mezcla con tradiciones mestizas. Luego lo transforman los angloamericanos y termina generándose algo nuevo.

Y eso me interesa mucho porque una influencia cultural verdaderamente exitosa a veces puede acabar perdiendo la etiqueta de importación. Y hay que recordarlo, por supuesto. Cuando algo se integra por completo, la gente —y es lógico— deja de preguntarse de dónde venía. En ese sentido, el cowboy es casi el ejemplo perfecto. En Estados Unidos, la herencia hispana ayudó a construir uno de los símbolos más universales de su nación pero, durante mucho tiempo, casi nadie recordó su genealogía. Pero eso está empezando a cambiar.

El cowboy muestra cómo una herencia hispana, transformada en América, pudo acabar pareciendo plenamente estadounidense.

—Al tratar realidades tan distintas como la conquista, el mestizaje, la evangelización o la creación cultural, ¿cómo evita el presentismo sin dejar de reconocer conflictos y responsabilidades históricas?

—Hay que evitar el presentismo. El presentismo tiene un problema fundamental: muchas veces utiliza categorías políticas, nacionales o morales actuales para explicar sociedades que funcionaban con categorías completamente distintas. Si hacemos eso, dejamos de estudiar a las personas del pasado y empezamos a utilizarlas como figurantes de nuestros debates actuales. A mí eso no me interesa.

Eso no quiere decir que no haya que meter algún que otro chascarrillo o comparaciones con el presente, pero siempre matizadas y apelando a la inteligencia del lector. La divulgación, lo primero que tiene que ser, es amena. Y si no lo conseguimos, estamos haciendo mala divulgación.

Y la historia hay que contarla con todos sus grises. Los seres humanos del pasado podían crear maravillas y, a la vez, cometer atrocidades; a veces, los mismos individuos. En el libro pongo un ejemplo brutal: el de la reconquista de Buda, que ya mencioné antes. Cuento el valor de aquellos voluntarios españoles que fueron a combatir allí y, al mismo tiempo, la matanza que acompañó la toma de la ciudad, en la que fue arrasada buena parte de la comunidad sefardí. Hay que contarlo todo. Si solo seleccionamos aquello que confirma nuestro sesgo, ya no estamos haciendo historia.

—Ante la Leyenda Negra y el riesgo de una Leyenda Rosa, ¿qué puede aportar una divulgación que aspire a reconocer tanto las sombras como los legados de la historia de España?

—Durante años he criticado la Leyenda Negra porque reduce la historia de España a un relato de fanatismo, violencia, atraso e intolerancia religiosa. Mi anterior libro se llama España contra su Leyenda Negra: mitos, agravios y discursos. Pero la respuesta no puede consistir en fabricar una Leyenda Rosa en la que España nunca hizo nada malo y todos nuestros personajes eran santos varones incomprendidos.

Ambas operaciones se parecen mucho más de lo que parece. Ambas son leyendas. Las dos seleccionan las pruebas que interesan y esconden las incómodas. Este libro tiene deliberadamente una mirada luminosa porque quería contar una parte de nuestra historia que creo que conocemos muy mal: las ocasiones en que España fue admirada o convertida en referente cultural. Incluso copiada por sus enemigos.

Me divierte mucho el caso de la Inglaterra isabelina. Ingleses y españoles podían estar matándose en el mar por razones políticas y religiosas y, al mismo tiempo, la aristocracia inglesa vestía a la española y bebía vino de Jerez. En 1604, cuando ambos países firmaron la paz en Somerset House, los delegados ingleses y españoles aparecen vestidos de una manera tan parecida que cuesta distinguir unos de otros.

Pero no estoy diciendo que esa sea toda la historia de España. Estoy contando un fenómeno concreto. La buena divulgación debería conseguir que un lector termine sabiendo más y estando un poco menos seguro de sus prejuicios iniciales. La historia casi siempre es más incómoda y contradictoria de lo que parece. Es en la misma condición humana donde habita esa contradicción.

Frente a la Leyenda Negra y a una posible Leyenda Rosa, Rubio Donzé reivindica una historia atenta a sus luces, sombras y contradicciones.

—Al recuperar genealogías culturales olvidadas, ¿dónde sitúa la frontera entre conocimiento histórico y propaganda, y qué responsabilidad corresponde al divulgador?

—La propaganda empieza cuando la conclusión está decidida de antemano, antes de analizar las pruebas. Cuando seleccionamos únicamente aquello que nos sirve para demostrar nuestros prejuicios. El famoso cherry picking.

Un historiador o un divulgador puede tener una tesis, naturalmente. Este libro la tiene y no la escondo. Mi tesis es que creo que España ha ejercido una influencia cultural exterior mucho mayor de la que los propios españoles solemos reconocer. Pero esa tesis tiene que someterse a los hechos, no al revés.

Eso obliga a diferenciar entre lo demostrado y lo probable, reconocer los debates historiográficos, no esconder los datos que estropean una historia bonita. En el libro me ocurre, por ejemplo, con los castillos de la Sainte-Chapelle. La interpretación más bonita es que san Luis los colocó como homenaje a su madre, Blanca de Castilla, pero existe otra lectura historiográfica que los relaciona con las pretensiones dinásticas francesas sobre Castilla. La primera historia me gusta mucho más, pero no puedo ocultar la segunda porque me estropee el relato.

También hay que explicarle al lector qué libro tiene entre las manos. Cuando el mundo quiso ser español no pretende ser una historia total de España. Es más bien un libro en el que escojo veinticinco episodios de influencia y fascinación exterior. Son todos los que están, pero no están todos los que son.

Ah, y, por cierto: reivindicar algo olvidado no es propaganda por el mero hecho de que el resultado sea positivo para España. Eso sería tan absurdo como considerar propaganda descubrir una influencia italiana o británica porque deja bien a Italia o Gran Bretaña. La cuestión no es si la historia nos favorece o nos perjudica. La cuestión es si ocurrió y podemos demostrarlo.

Nota

«Cuando el mundo quiso ser español. La spanishmanía que cambió la historia y la cultura universal«, de Javier Rubio Donzé, ha sido publicado por HarperCollins.
En sus 256 páginas reúne veinticinco episodios sobre la proyección internacional de manifestaciones culturales vinculadas a España, desde la arquitectura y la literatura hasta las tradiciones populares, la moda o las prácticas ecuestres.

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