Regalar un rosario a cada asistente a una beatificación suena a detalle sencillo. Hasta que echas la cuenta: para las 75.000 personas que se esperaban en San Luis el pasado 24 de septiembre hacían falta 3.975.000 cuentas, todas ensartadas a mano.
La solución de la organización fue llamar a los conventos. La idea fue de sor Jude Andrew, dominica de las Hermanas de María, Madre de la Eucaristía, en Peoria, y la aprobó monseñor Roger Landry, director nacional de las Obras Misionales Pontificias en EE. UU.
Cuando la logística llama a la puerta del convento
El rosario en cuestión no era uno cualquiera, sino el Rosario Misionero Mundial que el propio Sheen ideó en 1951, con una decena de cada color para cada continente: verde para África, azul para Oceanía, blanco para Europa, rojo para América y amarillo para Asia. Un rosario para rezar con el mapamundi delante.

Cada hermana tenía su especialidad: cortar el cordón, atar los crucifijos, pegar, recortar y empaquetar.
Las clarisas del monasterio de Kokomo, en Indiana, se comprometieron a hacer 1.000. Empezaron el 13 de mayo, memoria de Nuestra Señora de Fátima y fecha que además coincidía con la visita que Sheen hizo a su monasterio en 1977.
Una cadena de montaje en clausura
Al principio pensaron que cada hermana haría cien. Pronto vieron que funcionaba mejor una cadena de montaje: una cortaba el cordón, dos ataban los crucifijos para las que no se llevan bien con los nudos, otras dos pegaban, recortaban y empaquetaban, y todas ensartaban cuando podían.
Cada rosario acabó pasando por varias manos. Entre ellas, las de una hermana enferma en cuidados paliativos, que aún sacó fuerzas para completar tres, después de toda una vida haciendo rosarios para las misiones.
Otra de las clarisas confesó que se cansó de contar hasta diez y convirtió el recuento en oración: «Padre, Hijo, Espíritu. Jesús, María, José. Francisco, Clara, Coleta… ¡y Fulton!». Una jaculatoria de andar por casa.
De Michigan a Nebraska
Las carmelitas de Ada, también en Michigan, fueron de las primeras en terminar sus 1.000, y sus consejos sirvieron para agilizar el trabajo del resto de conventos. Varias de ellas recordaban, además, que Sheen había pasado años atrás por su monasterio.
En Lincoln, Nebraska, las Hermanas Escolares de Cristo Rey se sumaron con la ilusión de quien encuentra un destino para una vieja afición. Sor Mary Guadalupe aprendió a hacer rosarios en la universidad y siempre los regalaba a quien lo necesitaba, a sus alumnos o a su familia.
Esta vez, dice, tenía por fin una misión. Ella ataba los nudos, otras cortaban el cordón, ensartaban las cuentas o quemaban los extremos para sellarlos, y al final los agrupaban en paquetes de veinticinco. Mientras trabajaba, rezaba por las personas que los recibirían. Reconoce que algunas hermanas temieron que la tarea las desbordara, pero la hicieron en comunidad, y a ella le parece que puede acabar siendo una gran herramienta de evangelización.
A su lado, sor Mary Alma tenía motivos personales: creció en la diócesis de Rochester, cuando Sheen era su obispo, y todavía recuerda que su nombre aparecía en las libretas de notas del colegio. Para ella, ensartar cuentas era una forma de dar las gracias.
No fueron las únicas. Las servitas seglares de Ladysmith prepararon 500 rosarios entre el 17 de junio y el 29 de julio. Seis semanas de trabajo para mandar medio millar de cuentas con nombre y apellidos a la ceremonia.
Landry, que lo vio todo desde dentro, lo resumió con agradecimiento: las religiosas, dijo, son como madres de todos a la hora de rezar, y en especial a la Virgen, esa misma Virgen a la que Sheen fue tan devoto.
Sheen se pasó la vida llenando teatros, platós y radios. Su beatificación empezó, en buena parte, en clausura, con las manos de unas monjas que apenas se asoman al mundo y que nunca saldrán en la foto.
















