Mi suegra soviética, comentarista de misas

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El día de San Juan del 2000 me casé con una rusa, lo que no deja de ser una aventura intercultural hasta el día de hoy.

Mis suegros llegaron de Moscú para la boda. Era, por supuesto, su primera misa católica.

Como en la noche de San Juan en Barcelona se encienden hogueras y se lanzan petardos, les dije muy serio que toda la ciudad estaba celebrando nuestra boda porque éramos famosos y durante unos segundos casi se lo creyeron.

Mi suegro, que moriría unos años después, era más o menos creyente a su manera y guardaba una crucecita ortodoxa desde su infancia, que indicaba que en algún momento alguien de su familia lo había bautizado a escondidas. Aunque era un técnico, un jefe de bomberos y emergencias, era de familia de campo.

Estaba orgulloso de ser el único bautizado de la familia, pero nunca se interesó por la fe, con un cierto paréntesis cuando se bautizó su hija, mi esposa. Sí estaba convencido de que ser cristiano en serio era ser buena persona, pero pensaba lo mismo de ser comunista en serio. En cierta época intentó entrar en el Partido, incluso buscó un diploma en el Instituto de Marxismo y Leninismo, pero parece que no le aceptaron en el PCUS porque había poca cuota para técnicos.

Mi suegra era hija de una comunista acérrima, que se reía de la fe y creo que miraba por encima del hombro a la gente del campo, incluyendo a la familia de su yerno. Mi suegra se formó en una ingeniería y ha sido siempre muy práctica y directa, y con poca sensibilidad religiosa.

Cuando mi mujer era niña, le hizo alguna pregunta sobre Dios a su mamá. No sé de dónde lo sacó, pero le dijo a la niña que Dios se llamaba Sabaoth. Lo habría escuchado en el Sanctus bizantino, o de rebote: Sabaoth es el «Dios de los ejércitos» o «Dios del universo», en hebreo.

Cuando nos casamos en el 2000, ya era menos atea de lo que había sido la mayor parte de su vida. Con la muerte de su madre se comenzó a hacer preguntas y con la perestroika se respiraba otro aire en el país.

Que su hija se hiciera católica, ya en España y enamorada, le pareció una rareza más de la muchacha, como ser fan de Tolkien y haber estudiado español en Moscú. Una frikada.

Ahora, tras 26 años de matrimonio y 3 hijos ya adultos, digamos que casi criados, parece que le reconoce a la vida cristiana, al menos, a la nuestra, cierta capacidad de aportar estabilidad y orden. Mientras en Rusia varios primos y parientes se enfangan en malas situaciones familiares, ella dice: «Vuestro caso es distinto, no os pasaría esto».

Siendo una postsoviética sin sensibilidad religiosa, como llegada de un planeta lejano sin Dios, creo que mi suegra es una observadora interesante para hacernos una idea de como ven las iglesias y la misa católica las personas que llegan «muy desde fuera».

La primera misa que vio fue la boda: nuestra analista estaba centrada sobre todo en los guapos y alegres novios.

El templo de Virgen de los Desamparados en L’Hospitalet de Llobregat está todo pintado por dentro, con auténtico horror vacui, por Rafael Rosés entre los años 50 y 70, y es de planta casi octogonal. Es decir, por dentro se parece mucho a una basílica ortodoxa, aunque con estatuas. No les pareció muy distinto a lo que conocían de Rusia.

Lo primero que asombró a mi suegra, y le asombraría después, en todas sus otras misas, es que en España la gente que va a la iglesia viste «normal», e incluso bien. Y además, a menudo van en familia. Y hay gente de distintas edades.

Su experiencia de Rusia era que los creyentes tan devotos como para ir al templo eran gente rara que viste raro (harapos, pañuelos en la cabeza las mujeres, faldas feas hasta el suelo, barbas locas los hombres). Hay que tener en cuenta que en su juventud soviética sólo las abuelitas iban a la iglesia. Había una ley que multaba el evangelizar a jóvenes.

Hoy ves gente más variada en las iglesias ortodoxas en Rusia. Pero allí las chicas jóvenes, al ir a la iglesia ortodoxa hoy, se visten «de creyentes», con vestidos largos y faldas hasta el suelo que imitan los harapos de antes. Sospecho que esto se da mucho menos en otros países ortodoxos.

Hay que decir que de España, a mi suegra ya le había gustado que las abuelas vestían «moderno» (pantalones, cuidando su aspecto) y que salían con amigas a la plaza o a bares a charlar y tomar algo (café u horchata, frente a Virgen de los Desamparados).

También antes de su primera misa, habíamos invitado a mi suegra a la oración carismática de Betania, en una capilla de Santa María de Sants, en Barcelona, una noche entre semana. Éramos unas 20 personas. Accedió sin problemas, y dijo que le gustó: le pareció alegre, vio adultos jóvenes, música, y de nuevo señaló el ir vestidos «normal».

A modo de comparación, diré que mi madre, que con constancia dirige cantos en su parroquia cada domingo, nunca ha venido con nosotros a una oración carismática en 25 años, y sin venir, desde lejos, se limita a decir que «son ruidosos y hacen cosas raras» y «esas canciones no son litúrgicas».

Volvamos a nuestra boda. Mis suegros recordaron con simpatía lo de tirar arroz a la salida, cosa que entonces no se hacía en Rusia. Por su parte, ellos incorporaron el rito eslavo ese día de compartir el pan y la sal a la salida de la iglesia, símbolo de las cosas dulces y amargas de la vida, sobre unos paños bordados con diseños tradicionales. (También se hace esto en ceremonias de bienvenida para invitados).

Después mi suegra ha estado en una misa del Gallo en Hospitalet, una misa de verano en Pedraza (sí, el pueblo de la teleserie 30 Monedas), una Vigilia Pascual sencilla en Virgen del Mar (parroquia humilde en el barrio de San Blas, Madrid) y una Confirmación en la muy viva parroquia madrileña de Cristo Sacerdote.

Un momento que le gusta es el gesto de la paz. Le gusta que la gente se salude físicamente, se sonría e incluso se abrace, acercándose a alguien a dos bancos de distancia. Lo vio en Cataluña y en Madrid, en la misa del Gallo y la Vigilia Pascual.

Siempre he sospechado que se infravalora el poder evangelizador de este signo en nuestro país, muy corporal. Recuerdo una misa en Alfaz del Pi (Alicante), llena de turistas y veraneantes, noruegos, ingleses, holandeses… no conocían el idioma, y menos sus nietos, respondían cada uno en su idioma, pero grandes y mayores sonreían y saludaban sinceramente a desconocidos en este momento. Porque eran hermanos.

Eso asombra a la gente que llega de lejos de la Iglesia. Una vez leí el testimonio de una china en Europa cuyo camino al bautismo empezó al asombrarse en este signo de la paz.

Otra cosa que le gusta a mi suegra es que en las iglesias españolas se canta música moderna, con guitarras, que no es «de bailar» pero sí es animosa. Que no son coros polifónicos de música clásica sacra.

También le gusta que la gente en misa se puede sentar. En las iglesias ortodoxas el culto se hace de pie todo el rato, y sólo hay unos pocos bancos para las ancianitas o personas con problemas de movilidad.

Y le gusta que el cura y los lectores hablan «normal». Dice que no hay «cánticos aulladores». Supongo que se refiere a las salmodias cantadas con las que en el rito griego los diáconos leen las peticiones y los sacerdotes cantan la Divina Liturgia, a menudo en eslavo eclesiástico, que no es fácil de entender para el pueblo.

En cambio, recuerdo que una vez criticó el atropello del pueblo cuando recita sus frases largas («Señor, no soy digno de que entres en mi casa…» y, más largo aún, «el Señor reciba de tus manos este sacrificio…»). En su opinión, esa parte debería ser cantada. Le parecía raro, y quizá un poco sectario, ese intento de decir todos lo mismo sin música.

Estas son las opiniones de mi suegra soviética, comentarista de misas.

Como se ve, las cosas que a veces critican los más tradicionalistas (guitarras, algarabía en el saludo de la paz, ropa moderna) es lo que ella valora, lo que le inspira confianza.

Su sensación es que gente normal, que viste normal y habla normal y canta normal, hace algo especial, algo sagrado y religioso.

Contra lo que interiorizó en su infancia soviética, contra lo que le decían a todos los niños y jóvenes, ella ve ahora que lo religioso no es para raritos, sino que es para personas normales. La religión, entiende, no es de sectarios, es de personas normales de a pie, al menos en la alegre España.

A veces hay cristianos que buscan formas rebuscadas de devolver «sacralidad» a la liturgia.

Pero hay gente que llega de un mundo muy deshumanizado, que se asombra de ver en el templo, simplemente, la hermosa humanidad de unos feligreses que se saludan y sonríen, o de una familia que va a misa en tropel.

Si queremos llegar a los alejados, tendremos que escuchar a los alejado

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