Una madre que avisa

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He leído con mucho interés la entrevista que publicó Alfa y Omega al padre Stefano Cecchin, presidente de la Pontificia Academia Mariana Internacional, sobre el observatorio que el Vaticano ha creado para estudiar apariciones y fenómenos místicos. La iniciativa me parece bien, y el esfuerzo de dar rigor académico e interdisciplinar al estudio de estas realidades es necesario y oportuno. Hay mucha confusión, mucha ingenuidad y también mucha manipulación en torno a las apariciones marianas, y que la Iglesia tenga instrumentos serios para discernir es una buena noticia.

Pero hay una frase en esa entrevista que no puedo dejar pasar. Dice el padre Cecchin, al hablar de los elementos que delatan una aparición falsa: «¿Quiere una madre castigar a sus hijos enviándoles enfermedades, la muerte? De ninguna manera. Así que las apariciones que hablan de castigos de Dios son absolutamente falsas.»

Me he quedado perplejo. Y, con todo el respeto que le debo al padre Cecchin y a la institución que preside, creo que esa afirmación es un error grave que merece ser respondido.

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Vayamos al dato más elemental, que es el que más llama la atención. La aparición de Fátima, que tiene plena aprobación de la Iglesia, que fue visitada por Juan Pablo II, que ha sido reconocida por todos los pontífices del siglo XX y del XXI, incluye entre sus mensajes centrales el anuncio de que Rusia extenderá sus errores por el mundo provocando guerras, persecuciones y martirios si no se atiende la petición de conversión. Eso es una advertencia de consecuencias graves. El tercer secreto habla de un obispo vestido de blanco que cae bajo las balas, de una ciudad medio en ruinas, de mártires. ¿Es Fátima una aparición falsa según el criterio del padre Cecchin?

Y Akita, que el obispo Ito aprobó en 1984 tras once años de investigación, y que el entonces cardenal Ratzinger consideró digna de crédito, contiene el mensaje más explícito de todos: «Caerá fuego del cielo y eliminará una gran parte de la humanidad.» ¿También falsa?

Y La Salette, aprobada por la Iglesia, donde la Virgen habló de hambre, de enfermedades y del brazo de su Hijo que ya no podía sostenerse. ¿Falsa igualmente?

Y Kibeho, aprobada en 2001, donde las videntes recibieron visiones de ríos de sangre y de matanzas. ¿Inventada?

El criterio que el padre Cecchin propone, aplicado con coherencia, descartaría de un plumazo la mayor parte de las apariciones que la Iglesia ha aprobado a lo largo de la historia. Eso debería hacernos pensar que quizá el criterio está mal formulado, antes que concluir que todas esas apariciones son falsas.

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Hay detrás de esta afirmación, me parece, un malentendido teológico de fondo que conviene deshacer. Una madre que avisa a sus hijos de que sus comportamientos tendrán consecuencias graves no les está enviando el castigo: les está intentando evitar que lo sufran. Exactamente eso es lo que hace la Virgen en todas las apariciones aprobadas que incluyen advertencias: viene antes de que ocurra lo anunciado, con tiempo suficiente para que la conversión cambie el curso de los acontecimientos, ofreciendo siempre la salida. La lógica es condicional, no fatalista: «Si os convertís, esto puede evitarse.» Eso no es una madre cruel que manda plagas a sus hijos. Es una madre que corre a avisarles porque los ama.

Los profetas del Antiguo Testamento hacen exactamente lo mismo. Isaías, Jeremías, Ezequiel anuncian consecuencias gravísimas si el pueblo no se convierte. Nadie ha concluido de ello que los profetas sean falsos ni que Dios sea cruel. La advertencia profética, leída bien, es una expresión del amor de Dios, que prefiere enviar un aviso a tiempo antes que dejar que sus hijos caminen ciegos hacia el abismo.

Reducir el papel de la Virgen en las apariciones a una madre que siempre da ánimos, que nunca pone el dedo en la llaga, que nunca advierte de nada grave, es una imagen piadosa pero irreal. Y teológicamente inconsistente. La Virgen que aparece en la historia de las apariciones aprobadas por la Iglesia es una madre que llora, que sufre, que implora conversión, que avisa con urgencia. Y eso es, precisamente, lo que hace una madre que ama.

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Hay también en la entrevista otro punto que me hace reflexionar, aunque sea más lateral. El padre Cecchin señala que el problema del siglo XIX fue que la Iglesia, por influencia del positivismo, «casi negaba lo sobrenatural». Correcto. Eso fue un error. Pero existe el riesgo contrario, que es instalarse en un racionalismo teológico que, de facto, vuelve a meter lo sobrenatural en una caja tan estrecha que apenas cabe nada en ella. Cuando un criterio de discernimiento elimina automáticamente todas las apariciones que incluyen un elemento de advertencia grave, ese criterio no está siendo riguroso: está siendo restrictivo de una forma que no tiene respaldo en la tradición mariana aprobada por la Iglesia.

La prudencia en el discernimiento de las apariciones es necesaria y justa. Hay muchas apariciones falsas, hay muchas personas que confunden sus estados psicológicos con experiencias sobrenaturales, hay intereses económicos y grupales que distorsionan la percepción de los fenómenos. Todo eso es verdad y hay que tomarlo en serio. Pero la prudencia no puede convertirse en un a priori que descarte sistemáticamente precisamente los elementos más incómodos del mensaje mariano, los que más molestan a una cultura que ha perdido el sentido del pecado, de la conversión y de las consecuencias de los propios actos.

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Me preocupa que detrás de este tipo de criterios haya un miedo a hablar con claridad de lo sobrenatural. Un miedo al ridículo académico. Un miedo a que la Iglesia parezca supersticiosa o medievalizante. Ese miedo lo entiendo, pero no lo comparto. Porque el resultado de ese miedo es que la Iglesia abandona su propio terreno: el terreno en que una madre habla a sus hijos, en que el Cielo interviene en la historia, en que los mensajes de conversión llegan con urgencia porque el tiempo apremia.

Si la Iglesia tiene miedo de reconocer que la Virgen avisa, el problema no es la Virgen. El problema es que le estamos desoyendo, y que además teorizamos por qué tenemos razón en desoírla.

La Virgen lleva siglos avisando. Con aprobación de la Iglesia. Con nombres y lugares verificados. Y si hay algo que la historia del siglo XX enseña, es que cuando no se la escucha, las consecuencias llegan de todas formas. Juan Pablo II lo entendió muy bien cuando mandó buscar el tercer secreto de Fátima desde la cama del hospital, después del atentado del 13 de mayo de 1981. Y lo entendió también cuando fue a Fátima a dar gracias y a engarzar la bala en la corona de la imagen.

Hacer esto bien, hacer bien el discernimiento de las apariciones, requiere rigor intelectual. Pero también requiere la valentía de no domesticar a nuestra Madre hasta convertirla en algo que el mundo encuentre aceptable.

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